viernes, 28 de junio de 2019

El GAP de Salvador Allende



¿Quiénes fueron? ¿Cómo actuaban? ¿Qué pasó con ellos?

Fue el propio Presidente de la República quien –sin quererlo- bautizó con la sigla de GAP a ese equipo de hombres que se convirtió casi en una leyenda. Desde mediados de su campaña electoral, que lo llevó a ocupar la primera magistratura de la nación el 4 de Septiembre de 1970, el GAP acompaño y tuvo como principal y única tarea durante los mil días de su gobierno el velar por su vida.
El dispositivo de seguridad presidencial –por el que pasaron unos 120 hombres, todos jóvenes militantes en su mayoría del Partido Socialista y algunos del MIR- fue tema recurrente de la prensa opositora a Allende y sirvió para llenar páginas, grandes titulares o acusadoras fotos de la vida ”delictual” a diarios y revistas. Después del golpe militar, la revista ”Vea” publicó un reportaje sobre la historia de delitos del GAP, el que acompañó con numerosas fotografías que intentaban demostrar la veracidad de las acusaciones. La prensa internacional en esos días recibía y recogía radiofotos enviadas por sus corresponsales en Chile de lo que había sido el combate en La Moneda. En la mayoría de ellas, junto a Allende aparecían estos hombres civiles y jóvenes que cumplieron con su mission hasta el ultimo minuto: defender la vida del “compañero Allende”.
(marzo de 1971)
Analisis recogió el testimonio de uno de los sobrevivientes del GAP, para intentar responder a muchas interrogantes sobre quiénes eran estos hombres que fueron caratulados en la época y despúes del golpe militar como ”grupo armado extremista”, por lo cual algunos de ellos fueron fusilados sumariamente a partir del mismo 11 de Septiembre.
”A diferencia de lo que son hoy día los servicios de seguridad, cuyo objetivo es la destrucción, nuestra misión era la de protección de un hombre que encarnaba las esperanzas de un pueblo y que era el único que garantizaba que ese proceso iniciado el 4 de septiembre siguiera adelante. Nuestro único délito fue dejar de pensar en nosotros como individuos, y estar dispuestos a dar la vida por Allende”, dijo Eugenio Cáceres, ”chapa” utilizada por el ex integrante del GAP.
En su libro “Un cuarto de siglo con Allende”, Osvaldo Puccio, su ex secretario privado reseña lo que fue el nacimiento del GAP, cuando aún estaba en pleno apogeo la campaña electoral y la Izquierda veía con preocupación la actitud asumida especialmente por la Derecha, que temía un triunfo del candidato de la UP. En una de las concentraciones, la masa quiso acercarse al candidato, el que se vió en serios apuros para continuar hacia el escenario ubicado en la Avenida Bulnes. Puccio, Eduardo “Coco” Paredes y Rodolfo Ortega, amigos de Allende, asustados porque la multitud en su favor podia aplastar al futuro Presidente, discutieron y decidieron en ese momento que era necesario pensar en un equipo de protección, con gente de absoluta confianza, pero que tuviera preparación. “Encontramos al compañero Fernando Gómez, militante del Partido Socialista, quien empezó a acompañar al doctor a pesar de que a éste no le gustó”, cuenta Puccio.
También se dieron cuenta de que era necesario vigilar los autos que se utilizaban cuando estos permanecían estacionados, pues se corría el riesgo de que sufrieran sabotajes. Los vehículos eran todos de los propios amigos de Allende que los facilitaban para la campaña y que el triunfo era más evidente, Puccio, Paredes y Ortega tomaron conciencia de que “para cuidar el Chicho” se requería de más hombres, ya que a esas Alturas, Gómez trabajaba en permanente tensión unas 18 horas.
“Me informé, cuenta Puccio, que había un hombre que era miembro de las fuerzas especiales del Éjercito que había sido dado de baja. Conversando con este joven me di cuenta que tenia una sólida preparación política y una extraordinaria preparación militar”. Se trataba del ex oficial Mario Melo, militante del MIR, quien comenzó a trabajar desde ese momento como escolta de Allende.
A esta “tropa” de dos personas, más los “amigos del doctor” se sumó Enrique Huerta, también socialista, y cinco hombres más que puso el MIR a disposición de Allende el mismo 4 de septiembre, después de una conversación telefónica entre Miguel Enriquez, secretario general de esa organización, y el propio Puccio, Enriquez estimaba que la vida de Allende corría peligro, pues suponía que la Derecha evitaría su triunfo y se hacía prioritario defender su vida.
Max Joel Marambio (“Ariel Fontanarosa”), Mario Superby, Humberto Sotomayor, Sergio Peréz Molina, Arnoldo Ríos, todos miembros del MIR, llegaron a la casa de Allende ubicada en Guardia Vieja a las 10 de la mañana. “Pero solo pudieron entrar en funciones a las tres de la tarde. No tenían ropa apropiada, eran hombres que habían trabajado semiocultos en las poblaciones (…). El día de la elección, Allende no podía aparecer con personas desarrapadas”, cuenta Puccio. En medio del nerviosismo de ese día, hubo también que preocuparse de comprarles ropa.
“Pero el GAP como tal nació como consecuencia del atentado a Schneider. Este hecho mostró cuáles eran las intenciones de la Derecha y la necesidad real de que la tarea de proteger al Chicho pasaba a ser prioritaria para quienes queríamos que continuara el proceso. El primer acto público donde el Chicho apareció como Presidente electo, el funeral de Schneider, fue la primera tarea importante del GAP en tanto tal. En ese momento el jefe del dispositivo ya era Max Marambio y se comenzaba a trabajar en lo que debía ser su organización”, cuenta Cáceres.
 
 
LA CASA DE TOMÁS MORO
 
Antes del 4 de septiembre, el Partido Socialista puso a disposición del dispositivo de seguridad a un importante número de sus militantes. Los requisitos para la selección de ellos eran la confianza política y la preparación que éstos tuvieran en autodefensa y su disposición de dar la vida por Allende.
Allí se incorporaron al GAP Domingo Bartolomé Blanco Tarrés “Bruno”, (quien a partir del año 72 asumió la jefatura cuando el MIR retiró a su gente) y Jaime Sotelo Barrera, “Carlos Alamos”, junto a otros militantes provenientes de la Seccional Pudahuel del Partido Socialista.
A partir del 4 de noviembre, el GAP comenzó a organizarse internamente, de acuerdo a las diferentes tareas que se debían asumir. Sus integrantes, en su mayoría jóvenes estudiantes universitarios y pobladores aceptaron vivir desde ese momento una disciplina rígida que significó muchas veces guardias de 48 horas, dejar en Segundo plano su vida privada (muchos eran casados y con hijos) y estar alertas las 24 horas del día en su misión central: proteger la vida del Presidente.
El GAP tuvo diversos equipos de trabajo con tareas “compartimentadas”, cuenta Cáceres. Un grupo era la escolta presidencial y su misión era rodear con anillos de protección a Allende en cada una de sus salidas. Otro grupo, a cargo de “Bruno” (en un primer momento), era el que se encargaba de planificar las salidas del Presidente, el camino que recorrería y los autos en que viajarían. Existía un tercer equipo que era de seguridad y estaba a cargo de Juan José Montiglio, “Anibal”. Era uno de los más numerosos y estaba a cargo del resguardo de las casas oficiales, sitios y lugares que frecuentara el Presidente. También había otro equipo de servicios, que se encargaba del abastecimiento del GAP; y finalmente uno de Informaciones, que estaba a cargo del jefe del GAP por su importancia y que tenía como finalidad recolectar antecedentes sobre supuestos atentados contra Allende. Estaban además, en permanente contacto con Carabineros e Investigaciones.
“La gente que permanecía de guardia vivía en Tomás Moro. Cuando uno estaba” -franco- debía estar igual comunicado con sus respectivos jefes. Y esto se hacía con una llamada telefónica. También debíamos estar atentos a la radio por si ocurría cualquier hecho que requeriera de nuestra presencia allá. No teníamos ni busca-personas, ni walkie-talkie, ni tampoco había una radio en Tomás Moro. Todos esos implementos sofisticados, a lo “James Bond”, sobre todo para esa época, eran caros, de fabricación norteamericana y no había presupuesto para eso”, cuanta Cáceres.
Los miembros del GAP recibían una asignación para sus gastos, pero su alimentación y vestuario corrían por cuenta del ítem de gastos de representación de la Presidencia. “Esto no era mucho, y Allende nunca pudo obtener que el Congreso aprobara un Proyecto de ley a través del cual legislar su dispositivo, lo que hubiera permitido tener un presupuesto. Todos los compañeros que trabajaban en el GAP eran miembros de sus partidos y cumplían una actividad profesional. No tenían una vida lujosa ni la pasaban en farras, ni tampoco eran de “segunda clase” para el Chicho, como dijo entonces y después. Era una tarea partidaria que cumpliamos con gusto y conscientes de su importancia”, acota Cáceres.
Quienes permanecían de turno, vivían en una edificación especial en Tomás Moro. El resto lo hacía en sus casas. Todos utilizaban internamente una “chapa”, pero en su vida “civil” tenían su documentación en regla. Ninguno era ilegal.
 
 
LOS FIAT 125
 
Una de las cosas que más llamaba la atención del transeúnte en aquella época, era el despliegue y las verdaderas piruetas automovilísticas que realizaban los GAP en los diferentes trayectos que hacía Allende hacia o desde La Moneda. Los vehículos utilizados por él y su escolta eran de una marca común, FIAT, pero el modelo se puso de moda justamente en esos años: los 125. Generalmente bajaban por Costanera a gran velocidad y cambiándose de lugar en la caravana. Todo esto, sin disminuir su carrera y sin darse topones entre ellos. “El Objetivo era evitar que se supiera en cuál auto iba el Presidente, estar alertas a cualquier señal de peligro y llegar al final del trayecto con él sano y salvo”, dice Cáceres.
Los vehículos tenían los motores arreglados, pero no contaban con radio. Antes de partir, cada chofer debía tener bien memorizada la planificación del trayecto, saberse cuáles eran las señales de alarma y, por supuesto, tener los nervios de un buen chofer. “Toda la gente que entraba al GAP pasaba por un entrenamiento como chofer, que hacían los que ya sabían el asunto, en las Vizcachas”. Después de unos 60 días se seleccionaban los mejores, lo demás lo iba haciendo la experiencia. Aunque resulte repetitivo, cada uno en su puesto tenia plena conciencia de que cualquier error podia comprometer la vida de Allende”, recuerda el ex GAP. En cada auto iban tres o cuatro personas. Y Allende viajaba en uno de ellos, generalmente leyendo el diario o bromeando con el encargado de la escolta “Carlos Alamos”.
 
 
EL COMPAÑERO PRESIDENTE
 
“Cuando uno lo conocía y se relacionaba con él era como estar con un amigo. Siempre estaba preocupado por nuestra situación personal, tenia además muy buena memoria, entonces si se encontraba con uno le preguntaba por su vida. Para la Pascua del 70 nos regaló a todos por parejo una máquina de afeitar Phillips Shave. Además, siempre estaba en onda de broma o de echar tallas. Pero también era estricto si alguno rompía la disciplina del GAP o cometía algún error que atentara contra la vida interna. Allí, sencillamente, pedía al partido al que pertenecía el compañero, que lo sancionara”, dice Eugenio Cáceres.
El ex GAP evalúa que la actitud asumida por Allende el 11 de septiembre es el más claro exponente de lo que fue su personalidad. “Fue un jefe que dirigió al lado de sus hombres el combate. No un general que manda desde lejos. Y eso fue un factor determinante para todos ese día reforzaran el compromiso con el que habían entrado a este trabajo que nunca fue regalado, sino lleno de tensiones y malos ratos”.
No solo no era tarea fácil por los posibles peligros que podían enfrentar, sino también por la inmensa vitalidad de Allende, el que dormía tres a cuatro horas y el resto las trabajaba. “Había veces que veníamos de alguna gira y la gente lo reconocía por el camino, y él ordenaba que nos detuviéramos y se ponía a conversar con las personas, como si estuviera recién levantado”.
Una de las personas del GAP que tenía estrecho contacto con él era el jefe de su escolta. Y Jaime Sotelo reproducía hacia el resto de sus compañeros de trabajo la relación que Allende establecía con él. “Pienso que era uno de los mejores, más humanos y más comprensivos, sin perder las características de un jefe. Él aprendía mucho y trataba de ser a su vez un profesor. Estuvo con el Chicho hasta el final, siempre a su lado”, señala el ex GAP.
 
 
LOS ARSENALES DEL GAP
 
Desde sus comienzos, el dispositivo de seguridad presidencial fue blanco de multiples acusaciones. La principal que se trataba de un “grupo ilegal y armado”. Cada GAP tenia permiso para portar armas, la que estaba debidamente inscrita en la Intendencia. Después de que fue promulgada la Ley de Control de Armas, Allende se encargó de enviar a Investigaciones la nómina del GAP y las armas que éstos tenían.
“Todo ese arsenal del que se habló y que fue mostrado profusamente a partir del mismo 11, tanto en La Moneda como Tomás Moro, fue un buen montaje. Nadie dijo nunca que allí estaban, por ejemplo, las armas que tenía la guardia de palacio en La Moneda, y que fue la que se utilizó en la defensa de éste. También el GAP contaba con seis AKAS que fueron dejados por Fidel después de su gira. Fue el armamento que utilizó su escolta. Pero armamento pesado no se tenía, ni menos en esa cantidad que se mostró”, dice Cáceres.
Según su versión, el GAP no tuvo nunca que hacer uso de su pistola de servicio, menos contra la masa en concentraciones. Solo utilizó su armamento el 11 de septiembre para defender La Moneda, Tomás Moro y conducir un conato de Resistencia en la población La Legua.
El 26 de julio de 1973, el GAP sufrió una seria embestida de parte de sus detractores. Su jefe, Domingo Blanco “Bruno”, fue acusado de ser el autor del atentado que costó la vida al edecán naval, capitán Arturo Araya Peters. El alto oficial, quien regresaba a su casa después de haber acompañado al Presidente a la recepción oficial del Día Nacional de Cuba, fue asesinado por un commando armado. La prensa opositora a Allende dio crédito a una version surgida de una confesión de un poblador de apellido Riquelme, quien acusó al jefe del GAP de estar vinculado al hecho.
“El equipo de informaciones del GAP, con el apoyo de los partidos, comenzó a recoger antecedentes y se detectó que los verdaderos autores formaban parte de un comando de Patria y Libertad. Esta información se entregó a Investigaciones y, por supuesto, al Presidente, quien hizo llegar la nómina de sospechosos a la fiscalía naval que sustanciaba el proceso. Pero nunca se citó a ninguno. Sólo se hizo declarar a Blanco, que tenia elementos suficientes para demostrar dónde estaba a la hora del atentado. Pero se le siguió acusando, en una campaña que lo pretendía era buscar la excusa para acusar constitucionalmente al Presidente. Ya habíamos pasado el tancazo y los días estaban llenos de malos presagios”, recuerda el ex GAP.
La información recogida por la guardia de Allende no estaba alejada de la realidad y quedó demostrado cuando días después del golpe se “entregaron voluntariamente a la justicia” los verdaderos autores, entre los que se encontraba Guillermo Clavería, Mario Rojas Zegers, Adolfo Palma Ramírez y Guillermo Adolfo Schilling, miembros de Patria y Libertad.
Los culpables confesos permanecieron detenidos por más de un año y después fueron favorecidos con un indulto presidencial, lo que fue brevemente reseñado por la prensa de la época, que nunca desmintió la versión respecto a la culpabilidad de Blanco.
 
 
EL COMBATE EN LA MONEDA
 
El 11 de septiembre de 1973, a las siete y media de la mañana, Allende y su escolta salieron desde Tomás Moro a La Moneda. Fue la última vez que los FIAT 125 hicieron como todos esos mil días su veloz recorrido. Con Allende viajaban Jaime Sotelo, Julio Tapia Martinez, Oscar Enrique Balladares Carocca, Juan José Montiglio, Segundo Ramos González, Enrique Balladares Quiroz, Eduardo Ojeda, Wagner Erick Salinas Muñoz, José Freire Median, el doctor Ricardo Pincheira, Antonio Aguirre Vásquez, Carlos Arenas Nilo, César Vargas Morales, Luis Araya Araya, Alejandro Moraga, Manuel Mercado, Oscar Reinaldo Lagos Ríos, Oscar Ramírez Barría y Jorge Osvaldo Orrego González. Todos entraron a La Moneda sin dificultades. La guardia de palacio seguía siendo fiel al Presidente. En La Moneda se integraron al grupo se seguridad siete detectives, más los amigos y funcionarios de Gobierno que llegaron al lugar una vez conocida la noticia de la sublevación militar.
Los integrantes del GAP tomaron sus puestos. Desde siempre se había previsto que un hecho así podia suceder. Especialmente en últimos meses. La defensa de La Moneda estaba planificada, y la decisión del GAP tomada. Todos permanecían allí junto a su máximo jefe, Salvador Allende.
Las tareas de control de quienes llegaban, de disposición y ubicación para enfrentar el anunciado bombardeo, se hicieron sin necesidad de reuniones ni órdenes o contraórdenes, Jaime Sotelo y Manuel Mercado estuvieron permanentemente al lado de Allende. En ningún momento hubo deserciones o síntomas de que alguno quisiera abandonar su puesto. La Moneda fue bombardeada y a pesar del humo y del incendio se continuó defendiendo. En una de la ventanas de Morandé y Moneda, un joven de 20 años disparaba una ametralladora punto 30. El arma formaba parte del arsenal de la casa militar para la defensa del palacio. Antonio Aguirre Vásquez disparó hasta que no pudo seguir. Recibió ocho balazos y fue trasladado herido a la Posta, desde allí su rastro se perdió para siempre. Su imagen recorrió el mundo a través de una foto que lo mostraba con un mechón de pelo rubio sobre la frente, cumpliendo el rol que se había asignado desde que entró al GAP.
Con Allende murieron Manuel Mercado y Alejandro Morales. Sus cuerpos no fueron entregados. El resto del GAP permaneció con vida y fueron detenidos por los militares que entraron detrás del general Palacios. Junto a ellos fueron aprehendidos también los siete detectives que formaban parte de la guardia. De ello dio testimonio en México Juan Angel Scoane, inspector de Investigaciones que se desempeñaba en la Presidencia. El ex funcionario policial contó que fueron conducidos desde La Moneda con las manos en alto y divididos en grupos, los que posteriormente fueron reunidos en el regimiento Tacna. Fueron identificados por el personal civil y militar, y posteriormente fueron conducidos a las caballerizas. “Durante todo lo que quedaba del 11 y la noche nos estuvieron preparando para fusilarnos. Nos acusaban de ser comunistas y nos decían que íbamos a morir, pues los habíamos querido matar a ellos”, dice en testimonio publicado en México en 1977. Agrega que muchos fueron golpeados duramente hasta dejarlos casi muertos. Posteriormente, fueron sacados todos, salvo Scoane, en un camión, el día 13. El camión volvió solo con los conscriptos que los cuidaban. “Uno de ellos se atrevió a hablarme y me dijo: De buena se salvo usted. Me contó que todos habían sido fusilados en Peldehue”, señala el testimonio.
Domingo Blanco, el jefe del GAP, no alcanzó a llegar a La Moneda. Él no bajo con Allende, quedándose dos horas más en Tomás Moro para verificar el resto de las tareas y planificar la defensa. A las nueve y media se dirigió hasta Morandé con 12 personas en un auto y una camioneta. Al llegar, estacionaron los vehículos en el garaje presidencial. En ese momento venía llegando un grupo de carabineros que acababa de pasarse al bando golpista. Al reconocer a Blanco procedieron a detenerlo de inmediato y conducirlo junto al resto a los sótanos de la Intendencia. Desde allí “Bruno” escuchó el bombardeo y el tiroteo contra La Moneda. Una vez finalizado todo, se les conminó a salir con las manos en alto y fueron conducidos a la cárcel. El día 14 se reencontró con sus compañeros. Iban en el camión que venía desde el Tacna, golpeados y amarrados con alambres. Blanco fue fusilado ese mismo día. Los miembros del GAP cumplieron con la promesa que se hacía al entrar, dar su vida por el compañero Presidente, en un compromiso asumido con todas sus consecuencias.
* María Eugenia Camus, Revista Analisis 1987

miércoles, 29 de mayo de 2019

La desconocida Carta de Carlos Altamirano a Bachelet en apoyo a los saharauis

A pesar que Carlos Altamirano Orrego, ex Secretario General del PS en tiempos del gobierno de Salvador Allende luego de su retorno del exilio a Chile, se retiró por completo de la política activa, siempre siguió de cerca las luchas de los pueblos contra el colonialismo y los sucesos internacionales.
En julio del 2009, recibió en Santiago de Chile, al canciller de la República saharaui Salem Ould Salek, Responsable de Relaciones Internacionales del Frente Polisario. 

Luego del encuentro con el alto representante saharaui, Altamirano decidió salirse de su autoimpuesto silencio político y tomó la decisión de enviarle una carta a la entonces Presidenta Michelle Bachelet para solicitarle el «reconocimiento por parte del Estado chileno de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), y el consiguiente establecimiento de relaciones diplomáticas.»

Su solicitud a la Presidenta de Chile la basaba en un «acto de coherencia con el derecho a la autodeterminación de los pueblos y a la lucha por la descolonización establecida por la Carta Magna que constituye las Naciones Unidas».

La carta dirigida a Bachelet entregada en el Palacio de la Moneda el 4 de agosto del 2009, describía y enumeraba numerosos Proyectos de Acuerdos de la Cámara de Diputados y diversas gestiones de senadores realizadas desde septiembre de 1999 a julio de 2009, solicitando a los Presidentes del Chile de la post dictadura el reconocimiento a la República Saharaui y el establecimiento de relaciones bilaterales.

Altamirano señalaba en su carta a la Presidenta, que con el reconocimiento de la RASD por parte de Chile : «nuestro país contribuye así a sumar fuerzas para el cumplimiento de los Acuerdos de Paz y de autodeterminación, establecidos por diversas resoluciones de la Asamblea General de la ONU y de su Consejo de Seguridad con el objeto de materializar el Referéndum de Autodeterminación para el Sáhara Occidental, referéndum que a la fecha todavía es bloqueado por el ocupante.»

Recordando su propia vivencias de exilio y persecución : » Como Usted bien sabe, Presidenta, los chilenos conocimos la solidaridad internacional y del propio pueblo saharauí en momentos difíciles en que buscamos recuperar nuestra democracia y dignidad. El pueblo saharauí requiere, sin dilaciones y con nitidez, de nuestra solidaridad y reconocimiento».

Hace 10 años en carta a la entonces Presidenta de Chile, Altamirano pasaba revista a 10 años previos de diversas y numerosas gestiones y Resoluciones de parlamentarios y dirigentes políticos y sociales solicitando a los Jefes de Estado el reconocimiento de la República Arabe Saharauí democrática por parte del Estado chileno.

Durante más de 20 años organizaciones sociales, de trabajadores, intelectuales académicos, artistas, parlamentarios y dirigentes de fuerzas políticas de un amplio espectro han solicitado el reconocimiento de la República saharaui y el establecimiento de relaciones diplomáticas.

Carlos Altamirano Orrego ha fallecido recientemente. Su rol en un momento histórico de Chile generó intensa polémica ideológica y política, lo que lo llevó a tomar la decisión de marginarse de la política luego de su regreso del exilio. Sin embargo, la lucha heroica del pueblo saharaui por su autodeterminación e independencia, lo hizo hacer un alto en su propia decisión de automarginarse de la política contingente para dirigirse a la entonces Presidenta de Chile solicitándole el reconocimiento de la República Árabe Saharaui Democrática en su lucha por conquistar su plena independencia por via pacífica a través de la realización del Referéndum de Autodeterminación, el que sigue siendo bloqueado por la colonialista monarquía de Marruecos con la complicidad de su aliado el gobierno Francés.

Hoy cuando se cumplen 56 años de la Constitución de la Organización de la Unidad Africana antecesora de la Unión Africana de la cual la República Saharaui es fundadora e integrante, el Sáhara Occidental sigue siendo en África y en pleno siglo XXI la última colonia sin conquistar su independencia.

La carta enviada por Altamirano no tuvo respuesta.

El reconocimiento a la RASD por parte del Estado de Chile en apoyo a la lucha por la autodeterminación e independencia de los saharauis sigue pendiente.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Haciendo Historia

El 11 de septiembre de 1973 las fuerzas armadas de la República de Chile pusieron en marcha un plan de exterminio de la población civil que fue organizado conjuntamente con agentes de la CIA y del Departamento de Estado de USA, como quedó demostrado en la investigación que realizó el Senado norteamericano y conocida como Comisión Church.

Uno de los primeros actos de esta organización criminal en que se convirtieron las fuerzas armadas fue el derrocamiento cruento del presidente legítimo de Chile hecho que es plenamente conocido por las imágenes de televisión que reflejan el momento en que aviones militares bombardearon el Palacio de la Moneda.

El presidente Allende había nombrado una serie de voluntarios en su mayoría integrantes de la Juventud Socialista como su custodia personal que realizaba las tareas de seguridad de su entorno en todos sus desplazamientos y en las residencias presidenciales de La Moneda, de Cañaveral, entre otras. Estas personas a las que la prensa golpista acusaba, en forma despectiva, de ser los GAP (Grupo de Amigos Personales), son los únicos que, junto a un grupo mínimo de policías y carabineros leales, defendieron bajo órdenes directas del Jefe del Estado la constitución y las libertades civiles y democráticas de Chile

Hasta el 18 de octubre de 1999 en que tres sobrevivientes de aquellos hechos testimoniaron ante el Juzgado Central de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional y en las que el Equipo Nizkor tuvo la posibilidad de ordenar los datos que ellos traían en forma jurídicamente válida, así como preparar los testimonios de estos hombres que, en otro país y en otras circunstancias, merecerían no sólo el respecto de todos los democrátas, sino que además tendrían los máximos honores y reconocimientos por parte de la sociedad y del Estado. Nada más lejos de esa realidad la situación de estos sobrevivientes en el Chile moldeado en la impunidad. Muchos de ellos viven en la más extrema pobreza e incluso los máximos dirigentes actuales del Partido Socialista han faltado a la memoria de aquellos hombres que mantuvieron la dignidad ante el oprobio y la traición.

A lo largo de la innoble historia de la dictadura militar chilena, los centros de detención jugarían un rol vital en su política de represión. Estos lugares serían establecidos con el solo propósito de llevar acabo, en forma sistematizada y en total impunidad, los delitos de terrorismo de Estado, persecución política y religiosa, tortura, secuestro calificado, homicidio, desaparición forzada e inhumación ilegal, entre otros crimenes. De regimientos a comisarías, de bases aéreas a casas de fundo, de retenes a escuelas y edificios públicos, de buques a casa particulares, cada uno de estos lugares serían utilizados por los servicios de seguridad para el uso sistemático de maltrato, violación, tortura y asesinato.

A lo largo del país se establecerían mas de 1168 lugares “públicos” (Estadio Nacional, Isla Dawson, Pisagua, Chacabuco, Isla Quiriquina, Cuatro Alamos etc..) y “secretos” (Villa Grimaldi, AGA, La Firma, Colonia Dignidad, Venda Sexy, Londres 38, José Domingo Cañas, etc...), dedicados a la detención, procesamientos, tortura y aniquilamiento de los opositores de la dictadura militar. La represión fue a tal escala, que a lo largo de su terrible historia contó con la participación de miles y miles de miembros de las fuerzas armadas, policías y civiles (torturadores, médicos, enfermeras, secretarias, chóferes, pilotos, mecánicos, informantes y delatores), convirtiéndose en una verdadera "industria de la tortura y la desaparición forzada".

Se calcula que solo en los primeros meses después del golpe militar casi 45,000 mil personas fueron detenidas por los servicios de seguridad de la dictadura. En estas paginas trataremos de recopilar, de diferentes fuentes (testimonios personales, libros, periódicos, documentales, documentos gubernamentales, casos jurídicos y “confesiones de agentes”), la lista de los centros de detención que existieron durante los 17 años de dictadura militar y donde centenares de miles de individuos fueron torturados, mas de 2000 fueron asesinados y 1197 fueron hechos desaparecer.

Ubicación del Socialismo Chileno

El socialismo responde en todo el mundo a necesidades históricas derivadas de las condiciones de vida y trabajo que ha impuesto el desarrollo de la economía capitalista. Pero el hecho de concordar eficazmente con el sentido de la evolución general de la sociedad, él contiene las soluciones de todos los grandes problemas materiales y morales de nuestro tiempo. Es, por eso, en la actualidad, la única fuerza realmente creadora.

Impulso espontáneo de las masas obreras en un comienzo, fue determinado en consonancia con los progresos del industrialismo sus objetivos específicos y plasmándolos en una doctrina que tiene alcance universal, tanto por el valor humano de sus postulados esenciales como por el hecho de que el sistema capitalista, dotado de extraordinario dinamismo expansivo, llevó sus formas de vida a todas las regiones de la tierra, suscitando en todos los pueblos parecidas necesidades.

Nuestro Partido representa en Chile el impulso histórico del verdadero socialismo y la auténtica doctrina socialista que recoge para superarlos – y no para destruirlos - todos los valores de la herencia cultural como un positivo aporte a la nueva sociedad que deberá erigirse sobre el mundo capitalista en bancarrota. 

Tiene, por lo tanto, la misión de educar políticamente a la clase trabajadora para hacerla capaz de cumplir la tarea que le corresponde en este periodo de crisis orgánica de la sociedad burguesa y aquella otra que le exigirá en un porvenir próximo la construcción de una sociedad sin clases.

Es necesario que los militantes del PS y el pueblo comprendan plenamente la significación histórica y humana del socialismo, la justeza de su posición revolucionaria frente a los problemas nacionales y mundiales de su acción política. Dialécticamente generado por el capitalismo, el socialismo constituye su necesaria superación, tanto en la evolución interna de las distintas sociedades nacionales como en la transformación mundial de las relaciones económicas.

Desde sus orígenes el socialismo ha sido la avanzada del movimiento histórico de las clases trabajadoras. Al quebrantarse de manera definitiva el antiguo régimen - económicamente con la Revolución Industrial y políticamente con la Revolución Francesa, en la segunda mitad del siglo XVII - pasó a ocupar la dirección del Estado la burguesía ilustrada y mercantil, dándose comienzo a la expansión del industrialismo capitalista, en lo económico, y del individualismo liberal en lo político.

La ruptura de las formas orgánicas de la sociedad nobiliaria y, con ellas, de los últimos vestigios de las garantías corporativas que protegieron el trabajo artesanal, fue necesario para el acrecentamiento del poderío burgués; pero las instituciones democrático - liberales que entraron a reemplazarlas - incluso los derechos primarios consagrados en la ley positiva - no tuvieron vigencia real para las mayorías asalariadas.

La nueva clase dominante que manejaba la producción y el comercio fue imprimiendo su estilo de vida a la sociedad. Despojado de su dignidad ética y convertido en precaria mercancía, el trabajo humano quedó sujeto a la mecánica ley de la oferta y la demanda, dentro de la libre concurrencia de las fuerzas económicas.

Así, mientras se reconocían enfáticamente en la letra de las Constituciones los «derechos del hombre y del ciudadano», quedó la masa asalariada sometida a una servidumbre económica que, en muchos aspectos, era aún más intolerable que la del esclavo antiguo y la del siervo medieval. La voluntad burguesa de enriquecimiento material, ejercida con prescindencia de toda consideración superior, condujo a una explotación sistemática del trabajo humano. Pudo verse, desde entonces, en los grandes centros de la industria capitalista y en los países coloniales donde ella iba en busca de materias primas y mercados propios, una pauperización creciente de las masas obreras, tomadas en su conjunto, que seguía como proceso correlativo al aumento del lucro de las empresas privadas.

El estado democrático-liberal - instrumento político del poder económico de la burguesía en ascenso - se resistió a intervenir en los procesos de la producción y del intercambio, en virtud del principio de la economía libre concebido como el fundamento natural de la prosperidad pública y del equilibrio dinámico de las energías sociales. Colocadas, en cierto modo, al margen del Estado, las clases trabajadoras no pudieron contar sino con sus propios recursos frente a los dueños de la técnica y del dinero, que disponían también para la defensa de sus intereses de eficaces mecanismos jurídicos y represivos.

Por primera vez en la revolución de 1848 en Francia actuó el proletariado, no como simple fuerza de choque de la burguesía progresista, sino como una clase ya consciente de sus peculiares reivindicaciones. También entonces aparecieron expuestas por primera vez de una manera sistemática en el MANIFIESTO COMUNISTA de Marx y Engels las ideas que han servido de base doctrinal a su impulso revolucionario. Desde esa fecha hasta nuestros días el movimiento reivindicativo de la clase trabajadora ha ido desenvolviéndose progresivamente en el plano político y defendiendo su contenido ideológico en el proceso mismo de la evolución económico-social.

Por su parte, el capitalismo ha ido desarrollándose en forma tal que ha generado los más repudiables fenómenos antisociales, como el imperialismo y la guerra. El primero se ha concentrado en el sojuzgamiento colonial de los pueblos de economía retrasada por potencias gobernadas bajo el control de grandes concentraciones capitalistas, y el segundo se ha manifestado en una pugna permanente de esas potencias para lograr el dominio del mundo.

Demostración irrefutable de esa fatídica lucha fue la Primera Guerra Mundial, promovida por intereses enteramente ajenos a los trabajadores.

Estamos ahora en un periodo de grandes mutaciones históricas. La lucha por el dominio del mundo ha entrado en su etapa decisiva. Los poderes imperialistas triunfantes en la Segunda Guerra se aprestan para nuevas empresas bélicas en las que habrá de resolverse, a favor de algunas de ellos, el inestable equilibrio político existente, o se dislocará por completo la civilización bajo el incalculable efecto destructivo de las armas científicas.

Por encima de las formas políticas en que se desenvuelve la acción de los estados, tres son las fuerzas principales que se manifiestan en la realidad internacional, determinando cada una de ellas, en un mayor o menor grado, según las circunstancias y los lugares, las relaciones internas y externas de los pueblos; el alto capitalismo financiero, que, en conformidad al principio de libre empresa, procura mantener en pie la quebrantada estructura del régimen burgués; el comunismo soviético, que sirve de vehículo al afán hegemónico y nacionalista del Estado ruso; y el socialismo revolucionario, que aspira a la efectiva liberación económica y política de las masas trabajadoras del mundo entero.

La implantación del socialismo está, pues, a la orden del día. 

* C.O.S.

lunes, 18 de febrero de 2019

El Rey Midas

Lo más sorprendente del capitalismo, a la vez que terrorífico, es su capacidad para asimilar cualquier elemento subversivo que lo ataque, cuestione o incomode. Este factor determina el mercantilismo imperante que pone precio a bienes materiales o espirituales. La cultura, patrimonio por excelencia del ser humano, no queda eximida de semejante tratamiento, y es víctima de restricciones y vejaciones constantes.

La cultura, bien entendida desde concepciones mentalistas, bien desde la concepción total de Tylor, excede el elitismo cultural sostenido sobre la supremacía de estatus y los prejuicios de clase. Es manifiesta la inconsistencia resultante de tratar la cultura como una posesión más, al mismo tiempo que se aboga por un intercambio cultural. Desde una perspectiva funcional, resulta evidente que el éxito evolutivo del ser humano, su capacidad para adaptarse y su aptitud para la superrvivencia están determinados por compartir y reutilizar los hallazgos, inventos, descubrimientos y formas de vida. Cualquier invención moderna sólo es posible gracias a la acumulación paulatina de una serie de invenciones anteriores, por lo cual, en una humanidad que debería tender a unos objetivos generales comunes, la cooperación y el intercambio deberían regir las relaciones interpersonales y suprapersonales.

Cualquier grupo humano, aunque se trate de minorías marginales que no hayan pisado nunca una escuela, posee una cultura propia tan válida y tan eficaz en su ambito de acción como cualquier otra. En este sentido, el principal error es vincular la cultura a un sistema educativo que sólo sirve para justificar y validar las mal llamadas y peor ejercidas democracias de los países occidentales, que utilizan los colegios para el adoctrinamiento encubierto.

Nuestra sociedad, tan superiormente culta, nos inmuniza ante el sufrimiento de los otros, cosificándolos, mutilando nuestra capacidad crítica, anestesiando nuestra conciencia hasta el coma irreversible. El montaje democrático, que beneficia unicamente a pequeñas minorías y a los enormes grupos empresariales, se sostiene gracias a la contrucción paralela de una realidad ficticia donde las incongruencias del sistema son deliberadamente omitidas. Mientras que nuestras empresas violen los derechos humanos en el otro mundo, aquel que no aparece en las noticias ni en los libros de Historia; mientras que nuestros gobiernos apoyen y participen en los genocidios y en la esclavitud de países que nos son desconocidos; mientras que las grandes empresas exploten a los trabajadores sin hacerles partícipos de los vertiginosos beneficios económicos; mientras los medios de comunicación se sometan al poder en una relación de recíproco vasalleje; mientras que permanezcamos inmunizados a todo tipo de sufrimiento e injusticia; el capitalismo seguirá convietiendo en oro todo lo que toca.

Nuestra sociedad es un rey Midas, que ha alcanzado el concimiento supremo, la piedra filosofal, el arte de sublimar la materia, pudiendo así convertir en oro cualquer cosa, hasta los propios excrementos; lo cual no deja de ser una manera curiosa de revalorizar la mierda.

Las lecciones de la Comuna de Paris

La Comuna de París de 1871 fue uno de los episodios más grandes e inspiradores de la historia de la clase obrera. Fue un gran movimiento revolucionario en el que los trabajadores de París reemplazaron el Estado capitalista por sus propios órganos de gobierno y mantuvieron el poder político hasta su caída en la última semana de mayo. Los trabajadores parisinos lucharon, en condiciones extremadamente difíciles, para poner fin a la explotación y la opresión, para reorganizar la sociedad sobre bases completamente nuevas.

Hoy es importante para los socialistas aprender las lecciones surgidas de estos importantes acontecimientos. Veinte años antes del advenimiento de la Comuna, tras la derrota de la insurrección obrera en junio de 1848, el golpe militar del 2 de diciembre de 1851 llevó al poder al emperador Napoleón III. Al principio, el nuevo régimen bonapartista parecía inquebrantable. Los trabajadores fueron derrotados y sus organizaciones prohibidas. A finales de la década de los sesenta, sin embargo, el fin del auge económico y la recuperación del movimiento obrero debilitaron seriamente al régimen. Se hacía evidente que sólo podría sobrevivir algún tiempo en base a una nueva guerra. En agosto de 1870 los ejércitos de Napoleón III marcharon contra Bismarck.

La guerra, según Napoleón III, permitiría a Francia conquistar nuevos territorios, debilitar a los enemigos internos y poner fin a la crisis financiera e industrial que asolaba el país.

Guerra y revolución

No obstante, ocurre con frecuencia que la guerra conduce a la revolución y no es una relación casual. Una guerra aparta a la clase obrera de su rutina diaria, las masas examinan más detenidamente las acciones del Estado, de los generales, de los políticos y de la prensa en un grado infinitamente superior que en tiempos de paz.

Eso es así particularmente en el caso en una derrota. El intento de Napoleón III de invadir Alemania fue su perdición. El 2 de septiembre, cerca Sedan -en la frontera oriental de Francia- el ejército de Bismarck capturó al emperador junto a 100.000 soldados. En París, las masas tomaron las calles de la capital para exigir el fin del imperio y la proclamación de una nueva república democrática.

La llamada oposición republicana estaba aterrorizada por este movimiento de las masas, pero a pesar de todo, el 4 de septiembre se vieron obligados a declarar la república. Se formó un nuevo "gobierno de defensa nacional" cuya figura clave era el general Trochu. También estaba en el gobierno, Jules Favre, un representante típico del republicanismo capitalista que declaró públicamente que no cederían a los prusianos "ni una sola pulgada del territorio, ni una sola piedra de nuestra fortaleza".

Las tropas alemanas rápidamente rodearon París y establecieron un cerco sobre la ciudad. El pueblo apoyó inicialmente al nuevo gobierno en nombre de la "unidad" contra un enemigo extranjero. Sin embargo, esta unidad tardó poco en romperse.

A pesar de las declaraciones públicas, el Gobierno de Defensa Nacional no creía que fuera posible defender París. Fuera del ejército regular, una milicia formada por 200.000 personas -la Guardia Nacional- estaba decidida a defender París, pero los trabajadores armados dentro de París eran una amenaza mayor para los intereses de clase de los capitalistas franceses que el ejército extranjero que estaba a las puertas de la ciudad.

El gobierno decidió que lo mejor sería capitular ante Bismarck tan pronto como fuera posible. Sin embargo, el fervor patriótico de los parisinos y de la Guardia Nacional impidieron al gobierno decirlo públicamente. Trochu quería ganar tiempo y contaba con los efectos sociales y económicos causados por el asedio para romper la resistencia de los trabajadores parisinos. Mientras tanto el gobierno empezó a negociar en secreto con Bismarck.

Según pasaban las semanas aumentaba la hostilidad hacia el gobierno. Comenzaron a circular rumores sobre las negociaciones con Bismarck. La caída de Metz el 8 de octubre fue la chispa que provocó una nueva manifestación de masas.

El día 31 varios contingentes de la Guardia Nacional encabezados por los Blanquistas atacaron y ocuparon temporalmente la Asamblea Nacional. En ese momento, los trabajadores aún no estaban preparados para actuar contra el gobierno y por eso la insurrección quedó aislada.

Blanqui huyó y Flourens, el valeroso comandante de los batallones de Elleville, fue encarcelado. En París el hambre y la pobreza producto del asedio estaban provocando consecuencias desastrosas y cada vez era mayor la necesidad de romper el cerco.

El intento de salir y tomar Buzenval, el 19 de enero, acabó en otra derrota. Trochu dimitió y fue sustituido por Vinoy que en su primer discurso pidió a los parisinos que no "tuvieran ilusiones" en la posibilidad de derrotar a los prusianos. Quedaba en evidencia que el gobierno intentaba capitular. Los clubs políticos y los Comités de Vigilancia pidieron armas a la Guardia Nacional y marcharon hacia el Hôtel de Ville.

Otros destacamentos fueron a la prisión a liberar a Flourens. La presión desde abajo obligó a los demócratas de clase media de la Alianza Republicana a exigir un "gobierno popular" que organizara la resistencia efectiva contra los prusianos. Sin embargo, cuando la Guardia Nacional llegó al Hôtel de Ville, Chaudry, representante del gobierno, gritó furioso a los delegados de la Alianza y eso bastó para que los republicanos se dispersaran.

Los guardias bretones, leales al gobierno, atacaron a los Guardias Nacionales y a los manifestantes que intentaban oponerse a esta traición. Y los Guardias Nacionales tuvieron que retirarse.

Este primer choque armado con el gobierno marcó el final de la Alianza Republicana a pesar de que el movimiento contra el gobierno amainó temporalmente. A partir del 27 de enero de 1871 el Gobierno de Defensa Nacional pudo seguir con sus planes de capitulación ideados desde el principio del asedio.

París y la Asamblea Nacional

Las zonas rurales de Francia estaban a favor de la paz y los votos del campesinado en las elecciones de la Asamblea Nacional de febrero dieron la mayoría a los candidatos conservadores y monárquicos. La Asamblea nombró jefe de gobierno a un empedernido reaccionario: Adolphe Thiers. El choque entre París y la mayoría "rural" de la Asamblea era inevitable.

La contrarrevolución abierta levantó cabeza, espoleando, a su vez, a la revolución. Los soldados prusianos estaban a punto de entrar en la capital y esto dio nuevos bríos a las protestas. Los trabajadores y los sectores más pobres de la población apoyaban las manifestaciones armadas de la Guardia Nacional, denunciaban a Thiers y a los monárquicos como traidores y defendían una "lucha a muerte" por la defensa de la república.

Los acontecimientos del 31 de octubre y el 22 de enero representaban un pequeño anticipo del nuevo camino que emprendería el movimiento. Toda la clase obrera parisina, ahora sí, estaba preparada para la rebelión.

La reaccionaria Asamblea Nacional provocaba constantemente a los parisinos, a los que calificaba de criminales y asesinos. Suspendió la paga, de por sí muy baja, de los Guardias Nacionales, a menos que demostraran que eran "incapaces de trabajar". El cerco dejó a muchos trabajadores desempleados y prestar servicio en la Guardia Nacional era la única alternativa al hambre.

El gobierno obligó a pagar en 48 horas todos los alquileres atrasados y las deudas, esto representaba una amenaza inmediata de bancarrota para los pequeños comerciantes. París se vio privada de su estatus como capital de Francia, transferida a Versalles. Estas medidas y muchas otras golpearon a los sectores más pobres de la sociedad pero también provocaron la radicalización de la clase media parisina, cuya única esperanza de salvación real ahora era el derrocamiento revolucionario de Thiers y la Asamblea Nacional.

Transformación de la Guardia Nacional

La rendición a los prusianos y la amenaza de la restauración monárquica transformó la Guardia Nacional. Se eligió el "Comité Central de la Federación de Guardias Nacionales" que representaba a 215 batallones, equipados con 2.000 cañones y 450.000 armas de fuego. Aprobaron nuevos estatutos en los que se declaraba "el derecho absoluto de los Guardias Nacionales a elegir sus dirigentes y revocarlos tan pronto como perdieran la confianza de sus electores".

En esencia, el Comité Central y sus correspondientes estructuras en cada batallón fueron precursores de los soviets de trabajadores y soldados, que aparecieron en Rusia durante las revoluciones de 1905 y 1917.

La nueva dirección de la Guardia Nacional tuvo que poner a prueba su autoridad con rapidez. Cuando el ejército prusiano entró en París, decena de miles de parisinos armados se reunieron con la intención de atacar al invasor. El Comité Central intervino para evitar una lucha desigual para la que no estaban preparados. El éxito del Comité Central asentó firmemente su autoridad y se lo reconoció como la dirección del pueblo. A Clément Thomas, el comandante nombrado por el gobierno, no le quedó otra alternativa que dimitir. Las fuerzas prusianas ocuparon parte de la ciudad durante dos días y después se retiraron.

Thiers había prometido a los Rurales de la Asamblea restaurar la monarquía. Su tarea inmediata era poner fin a la situación de "doble poder" en París. Los cañones bajo la dirección de la Guardia Nacional, y en particular los de Montmartre, posición desde la que se dominaba la ciudad, eran toda una amenaza a la "ley y el orden" capitalistas. A las 3 de la madrugada del 18 de marzo, el gobierno envió a 20.000 soldados regulares a tomar estos cañones que estaban al mando del general Lecomte.

Los tomaron sin apenas dificultad. Sin embargo, la expedición partió sin tener en cuenta la necesidad de llevar los medios necesarios para transportar los cañones. A las 7 de la madrugada todavía no habían llegado los aparejos. Las tropas se encontraron rodeadas por una multitud de trabajadores incluidos mujeres y niños, en ese momento entró en acción la Guardia Nacional. La multitud desarmada, los Guardias Nacionales y los hombres de Lacomte se lanzaron acusaciones mutuas en medio de una densa reunión. Algunos soldados empezaron a confraternizar con los Guardias Nacionales.

Lecomte ordenó a sus hombres disparar a la multitud. Nadie disparó. Los soldados y los guardias nacionales se aplaudían mutuamente y se abrazaban. Aparte de un breve intercambio de fuego en la plaza Pigalle, el ejército se desmoronó ante los Guardias Nacionales sin ofrecer la menor resistencia. Lecomte y Clément Thomas, el ex comandante de la Guardia Nacional que había disparado a los trabajadores en 1848, fueron arrestados. Soldados furiosos los ejecutaron poco después.

Thiers no había previsto la deserción de sus tropas. Presa del pánico, huyó de París y ordenó al ejército y a los servicios civiles abandonar la ciudad y los fuertes circundantes. Quería salvar lo que quedaba del ejército y evitar el contagio del París revolucionario.

El viejo aparato del Estado estaba fuera de juego y la Guardia Nacional tomó los puntos estratégicos de la ciudad sin encontrar ninguna resistencia. El día 18 de marzo por la tarde, se formó un nuevo gobierno revolucionario basado en el poder armado de la Guardia Nacional.

Gobierno revolucionario

La primera disyuntiva a la que se enfrentó el Comité Central fue qué hacer con el poder. ¡No tenían "mandato legal" para gobernar! Después de mucha discusión, estuvieron de acuerdo en quedarse en el Hôtel de Ville durante "unos cuantos días" durante los cuales se organizarían elecciones municipales (comunales). Al grito de "¡viva la Comuna!" los miembros del Comité Central expresaban el deseo de delegar el poder cuanto antes.

La cuestión inmediata sobre la que decidir era qué hacer con Thiers y el ejército, en retirada hacia Versalles. Eudes y Duval propusieron que la Guardia Nacional los persiguiera para acabar con lo que quedaba de las fuerzas de Thiers. Sus llamamientos cayeron en saco roto. La mayoría del Comité Central eran hombres muy moderados, sin el temperamento ni las ideas necesarias para las tareas que les había impuesto la historia.

El Comité Central inició las negociaciones con los antiguos alcaldes y con varios "conciliadores" para fijar la fecha de las elecciones. Esto centró su atención hasta que finalmente se celebraron el 26 de marzo. Thiers utilizó este valioso tiempo. Comenzó una campaña de propaganda y mentiras contra París, dirigida a las provincias, y, con la ayuda de Bismarck, reforzó la cantidad de armas, de soldados y su moral para preparar un nuevo ataque sobre París.

La recién elegida Comuna sustituyó la dirección de la Guardia Nacional por un gobierno oficial del París revolucionario. El gobierno estaba formado por personas relacionadas con el movimiento revolucionario de una u otra forma. La mayoría se podrían describir como "republicanos de izquierda", empapados de la nostalgia idealizada del régimen jacobino de la Revolución Francesa.

De sus 90 miembros, 25 eran trabajadores, 13 pertenecían al Comité Central de la Guardia Nacional y 15 a la Asociación Internacional de Trabajadores. Los blanquistas, hombres enérgicos siempre dispuestos a medidas extremas y dramáticas pero con ideas políticas muy vagas, y los internacionalistas eran una cuarta parte de la Comuna.

El propio Blanqui estaba en una prisión provincial. Los pocos reaccionarios electos abandonaron sus puestos con distintos pretextos. Otros fueron arrestados cuando se descubrieron sus nombres en los archivos de la policía y fueron identificados como antiguos espías del régimen imperial.

Construyendo una nueva sociedad

La Comuna eliminó todos los privilegios de los funcionarios estatales, congeló los alquileres, los talleres abandonados pasaron a estar controlados por los trabajadores, aprobó medidas para limitar el trabajo nocturno, garantizar la subsistencia de los pobres y los enfermos. La Comuna declaró que su objetivo era poner fin a "la anarquía y la competencia ruinosa entre los trabajadores por el beneficio de los capitalistas" y la "diseminación de los ideales socialistas.

La Guardia Nacional estaba abierta a toda la población y organizada, como ya hemos visto, en líneas estrictamente democráticas. Se ilegalizaron los ejércitos "separados y aparte del pueblo". Se requisaron los edificios públicos para aquellos que no tenían un techo bajo el que cobijarse. La educación pública era para todos, lo mismo ocurría con los teatros, los centros de cultura y aprendizaje.

A los trabajadores extranjeros se los trataba como hermanos y hermanas, como soldados de la "república universal del trabajo internacional". Se celebraban reuniones día y noche, en ellas miles de hombres y mujeres normales debatían sobre todos y cada uno de los aspectos de la vida social y sobre cómo organizar la sociedad en interés del bien común.

El carácter social y político de esa sociedad, que poco a poco tomaba forma bajo el escudo de la Guardia Nacional y la Comuna, era incuestionablemente socialista. La ausencia de cualquier precedente histórico, la ausencia de una dirección y un programa claro, combinado con la dislocación social y económica de una ciudad asediada, necesariamente suponía que los trabajadores caminasen a tientas a la hora de ocuparse de los requerimientos concretos que implicaba la organización de la nueva sociedad.

Se ha escrito mucho sobre la incoherencia, la pérdida de tiempo y energía, sobre los errores del pueblo parisino en las diez semanas que estuvo en el poder dentro de los muros de una ciudad asediada. La mayoría son verdad. Los comuneros cometieron muchos errores.

Marx y Engels fueron muy críticos con los comuneros por no tomar el control del Banco de Francia, que seguía pagando millones de francos a Thiers para armarse contra París. Sin embargo, la mayoría de las iniciativas importantes tomadas por los trabajadores apuntaban en dirección a la completa emancipación social y económica de la población asalariada como clase. Ante todo, a la Comuna le faltó tiempo.

El camino hacia el socialismo fue cortado por el regreso del ejército de Versalles y el terrible baño de sangre que puso fin a la Comuna.

El aplastamiento de la Comuna

Sin duda, la Comuna subestimó la amenaza que representaba Versalles, ni intentó atacar ni tampoco se preparó seriamente para su defensa. A partir del 27 de marzo comenzaron los intercambios ocasionales de disparos entre las posiciones del ejército de Versalles y las murallas que rodeaban París.

El 2 de abril, un destacamento de comuneros que se dirigía a Courbevoie fue atacado y tuvo que regresar. Los prisioneros capturados por las fuerzas de Thiers fueron fusilados. Al día siguiente, debido a la presión de la Guardia Nacional, la Comuna lanzó una ofensiva contra Versalles. Sin embargo, a pesar del entusiasmo de los batallones de comuneros, éstos carecían de preparación política y militar serias -se pensaba ingenuamente que, como el 18 de marzo, el ejército de Versalles se pasaría a la Comuna al ver la Guardia Nacional- lo que los condenó al fracaso.

Esta derrota no sólo provocó muertos y heridos, entre ellos Flourens y Duval, asesinados cuando fueron capturados por el ejército de Versalles, el optimismo fatalista de las primeras semanas dio lugar a un sentimiento de peligro inminente y derrota, lo que acentuó las divisiones y la rivalidad entre los mandos militares.

El ejército de Versalles entró en París el 21 de mayo de 1871. En el Hôtel de la Ville, los comuneros no consiguieron organizar una estrategia militar seria y, en el momento decisivo, la Comuna sencillamente dejó de existir, dejando toda la responsabilidad en manos del Comité de Seguridad Pública, completamente ineficaz. A los Guardias Nacionales se les permitió ir a luchar a sus localidades; esta decisión junto con la ausencia de un mando centralizado, impidió el aglutinamiento de una fuerza comunera seria capaz de ofrecer resistencia al empuje de las tropas de Versalles.

Los comuneros lucharon con tremendo valor y finalmente el 28 de mayo fueron derrotados. Las fuerzas de Thiers provocaron una terrible carnicería en la que murieron más de 30.000 hombres, mujeres y niños, en las semanas siguientes asesinaron aproximadamente a otras 20.000 personas. Los escuadrones de fusilamiento continuaron trabajando durante el mes de junio, asesinando a todo aquel sospechoso de haber cooperado con la Comuna.

Marx y Engels siguieron de cerca los acontecimientos de la Comuna y sacaron muchas lecciones del primer intento de construir un Estado obrero. Sus conclusiones se pueden encontrar en los escritos publicados bajo el título “La guerra civil en Francia” con una notable introducción de Engels. Antes del 18 de marzo declararon que, debido a las circunstancias desfavorables, la toma del poder representaba "una locura desesperada.

Sin embargo, los acontecimientos del 18 de marzo pusieron el poder en manos de los trabajadores. De forma abrupta, la clase obrera de París no sólo tuvo que luchar por mejoras inmediatas, sino por una "república universal" que pusiera fin a la explotación, a las divisiones de clase, al militarismo reaccionario y a los antagonismos sociales.

En la Francia moderna, como en todos los países industrializados del mundo, las condiciones materiales para la consecución de estos grandes objetivos hoy son incomparablemente más favorables que en 1871.

Ahora nuestro deber es crear una base firme para conseguir la sociedad por la que lucharon y murieron los hombres y mujeres de la Comuna.

¿Quién recuerda a Patrice Lumumba?

En la actualidad son muy pocos los que conocen o recuerdan a Patrice Émery Lumumba, pero ya se cumplieron 58 años de su asesinato, el 17 de enero de 1961, y todo sigue peor en el Congo Belga, (ahora República Democrática del Congo). Lumumba tenía 35 años cuando ocupó el cargo de Primer Ministro del Congo durante 4 meses en 1960.

En ese entonces, cuando Bélgica le dio la independencia al Congo Belga, nunca pensó que un modesto habitante africano de educación privilegiada, y novato en política, ganaría las únicas elecciones efectuadas en el país hasta el 2006.

El crimen o "gran pecado" de Lumumba fue querer la mejoría de los ciudadanos del Congo y para eso pidió la ayuda de la URSS. Fue su sentencia de muerte. Bélgica, la CIA, y la ONU, conspiraron de tal forma para que fuese torturado y asesinado brutalmente, sin piedad ni respeto por su investidura de Primer Ministro del Congo independiente. Hasta el año 2006 no hubo mas elecciones libres, fueron 45 años de dictaduras y expoliación, y continúan robando al Congo. Patrice Lumumba realizó unas pequeñas mejoras en 4 meses de gobierno, lo cual obviamente fue destruido y nada de su esfuerzo constructor fue permitido.

miércoles, 30 de enero de 2019

¿Es socialista el Partido Socialista?



“Damas y caballeros: estos son mis principios. Si no les gustan tengo otros”.
GROUCHO MARX

Concluyó el XXXI congreso ideológico del Partido Socialista. Tuvo poco de ideológico y mucho de tanteo de fuerzas para la próxima elección de directiva, el 26 de mayo. El PS ha dilapidado -en aras del neoliberalismo- el caudal ideológico, político y social que había acumulado en el siglo pasado. Nadie se explica por qué continúa utilizando el apellido Socialista cuando desde 1990 su tarea como instrumento político ha consistido en remozar y maquillar el capitalismo, compartiendo esa labor -cubierta de elogios por la gran burguesía- con otros sectores social demócratas y demócrata cristianos.

El PS carga con varios bacalaos políticos -entre ellos algunos socios del neoliberalismo, los rescatistas de Pinochet preso en Londres, los beneficiarios de platas negras de SQM, etc.-

La influencia de esos condotieros de la política y las finanzas ha desestibado la carga ideológica del PS introduciendo en su práctica el doble estándar que le lleva a proclamar principios que en la práctica no acata. Lo que hoy sucede en el PS -el partido del Presidente Allende- es una desgracia para el pueblo trabajador que necesita de una Izquierda anticapitalista a la cabeza de sus luchas. La Izquierda casi ha desaparecido en Chile, entre otras razones por la actividad destructiva de la ideología que ha cumplido la oligarquía política en el PS y otros partidos.

Como suele ocurrir en sus periodos de abstinencia burocrática, el PS se inclina una vez más a la izquierda. Plantea una nueva Constitución vía Asamblea Constituyente y se propone “derrotar la desigualdad, profundizar la democracia e impulsar un nuevo modelo de desarrollo inclusivo”, según su presidente Alvaro Elizalde. Todo esto con el propósito de reagrupar a la ex Nueva Mayoría y sumar al Frente Amplio. ¡Cómo quisiéramos creer que el PS retorna a los principios de una política de izquierda! Sin embargo, es imposible. El PS ha co-gobernado el país más de un cuarto de siglo y no ha movido un dedo para avanzar hacia los objetivos que vuelve a rescata de su almacén programático.

El PS del siglo XXI no es ni la sombra del partido de ideólogos y políticos de la talla de Eugenio González, Julio César Jobet, Belarmino Elgueta, Alejandro Chelén Rojas, Salomón Corbalán, Clodomiro Almeyda, Raúl Ampuero, Carlos Altamirano, Pedro Vuskovic y Salvador Allende, el principal entre sus pares.

A punto de cumplir 86 años el PS carece de la honorabilidad política basada en lealtad a los principios para honrar su pacto original con los trabajadores. Desde luego el PS ha dejado de ser marxista. Abandonó su defensa ardiente de los principio de no intervención y de autodeterminación de los pueblos para contener los desmanes del imperialismo en América Latina y el Caribe. Junto con el PPD y el PR apoya la extorsión imperialista a la soberanía de Venezuela de la Internacional Socialdemócrata.

Desde luego, recuperar a los sectores sociales y políticos cuyo rol histórico está en una Izquierda leal al pueblo y armada con una alternativa de poder que convoque a la mayoría, incluyendo a las FF.AA., es el camino que conduce al futuro.
PF Blog