miércoles, 20 de febrero de 2019

Ubicación del Socialismo Chileno

El socialismo responde en todo el mundo a necesidades históricas derivadas de las condiciones de vida y trabajo que ha impuesto el desarrollo de la economía capitalista. Pero el hecho de concordar eficazmente con el sentido de la evolución general de la sociedad, él contiene las soluciones de todos los grandes problemas materiales y morales de nuestro tiempo. Es, por eso, en la actualidad, la única fuerza realmente creadora.

Impulso espontáneo de las masas obreras en un comienzo, fue determinado en consonancia con los progresos del industrialismo sus objetivos específicos y plasmándolos en una doctrina que tiene alcance universal, tanto por el valor humano de sus postulados esenciales como por el hecho de que el sistema capitalista, dotado de extraordinario dinamismo expansivo, llevó sus formas de vida a todas las regiones de la tierra, suscitando en todos los pueblos parecidas necesidades.

Nuestro Partido representa en Chile el impulso histórico del verdadero socialismo y la auténtica doctrina socialista que recoge para superarlos – y no para destruirlos - todos los valores de la herencia cultural como un positivo aporte a la nueva sociedad que deberá erigirse sobre el mundo capitalista en bancarrota. 

Tiene, por lo tanto, la misión de educar políticamente a la clase trabajadora para hacerla capaz de cumplir la tarea que le corresponde en este periodo de crisis orgánica de la sociedad burguesa y aquella otra que le exigirá en un porvenir próximo la construcción de una sociedad sin clases.

Es necesario que los militantes del PS y el pueblo comprendan plenamente la significación histórica y humana del socialismo, la justeza de su posición revolucionaria frente a los problemas nacionales y mundiales de su acción política. Dialécticamente generado por el capitalismo, el socialismo constituye su necesaria superación, tanto en la evolución interna de las distintas sociedades nacionales como en la transformación mundial de las relaciones económicas.

Desde sus orígenes el socialismo ha sido la avanzada del movimiento histórico de las clases trabajadoras. Al quebrantarse de manera definitiva el antiguo régimen - económicamente con la Revolución Industrial y políticamente con la Revolución Francesa, en la segunda mitad del siglo XVII - pasó a ocupar la dirección del Estado la burguesía ilustrada y mercantil, dándose comienzo a la expansión del industrialismo capitalista, en lo económico, y del individualismo liberal en lo político.

La ruptura de las formas orgánicas de la sociedad nobiliaria y, con ellas, de los últimos vestigios de las garantías corporativas que protegieron el trabajo artesanal, fue necesario para el acrecentamiento del poderío burgués; pero las instituciones democrático - liberales que entraron a reemplazarlas - incluso los derechos primarios consagrados en la ley positiva - no tuvieron vigencia real para las mayorías asalariadas.

La nueva clase dominante que manejaba la producción y el comercio fue imprimiendo su estilo de vida a la sociedad. Despojado de su dignidad ética y convertido en precaria mercancía, el trabajo humano quedó sujeto a la mecánica ley de la oferta y la demanda, dentro de la libre concurrencia de las fuerzas económicas.

Así, mientras se reconocían enfáticamente en la letra de las Constituciones los «derechos del hombre y del ciudadano», quedó la masa asalariada sometida a una servidumbre económica que, en muchos aspectos, era aún más intolerable que la del esclavo antiguo y la del siervo medieval. La voluntad burguesa de enriquecimiento material, ejercida con prescindencia de toda consideración superior, condujo a una explotación sistemática del trabajo humano. Pudo verse, desde entonces, en los grandes centros de la industria capitalista y en los países coloniales donde ella iba en busca de materias primas y mercados propios, una pauperización creciente de las masas obreras, tomadas en su conjunto, que seguía como proceso correlativo al aumento del lucro de las empresas privadas.

El estado democrático-liberal - instrumento político del poder económico de la burguesía en ascenso - se resistió a intervenir en los procesos de la producción y del intercambio, en virtud del principio de la economía libre concebido como el fundamento natural de la prosperidad pública y del equilibrio dinámico de las energías sociales. Colocadas, en cierto modo, al margen del Estado, las clases trabajadoras no pudieron contar sino con sus propios recursos frente a los dueños de la técnica y del dinero, que disponían también para la defensa de sus intereses de eficaces mecanismos jurídicos y represivos.

Por primera vez en la revolución de 1848 en Francia actuó el proletariado, no como simple fuerza de choque de la burguesía progresista, sino como una clase ya consciente de sus peculiares reivindicaciones. También entonces aparecieron expuestas por primera vez de una manera sistemática en el MANIFIESTO COMUNISTA de Marx y Engels las ideas que han servido de base doctrinal a su impulso revolucionario. Desde esa fecha hasta nuestros días el movimiento reivindicativo de la clase trabajadora ha ido desenvolviéndose progresivamente en el plano político y defendiendo su contenido ideológico en el proceso mismo de la evolución económico-social.

Por su parte, el capitalismo ha ido desarrollándose en forma tal que ha generado los más repudiables fenómenos antisociales, como el imperialismo y la guerra. El primero se ha concentrado en el sojuzgamiento colonial de los pueblos de economía retrasada por potencias gobernadas bajo el control de grandes concentraciones capitalistas, y el segundo se ha manifestado en una pugna permanente de esas potencias para lograr el dominio del mundo.

Demostración irrefutable de esa fatídica lucha fue la Primera Guerra Mundial, promovida por intereses enteramente ajenos a los trabajadores.

Estamos ahora en un periodo de grandes mutaciones históricas. La lucha por el dominio del mundo ha entrado en su etapa decisiva. Los poderes imperialistas triunfantes en la Segunda Guerra se aprestan para nuevas empresas bélicas en las que habrá de resolverse, a favor de algunas de ellos, el inestable equilibrio político existente, o se dislocará por completo la civilización bajo el incalculable efecto destructivo de las armas científicas.

Por encima de las formas políticas en que se desenvuelve la acción de los estados, tres son las fuerzas principales que se manifiestan en la realidad internacional, determinando cada una de ellas, en un mayor o menor grado, según las circunstancias y los lugares, las relaciones internas y externas de los pueblos; el alto capitalismo financiero, que, en conformidad al principio de libre empresa, procura mantener en pie la quebrantada estructura del régimen burgués; el comunismo soviético, que sirve de vehículo al afán hegemónico y nacionalista del Estado ruso; y el socialismo revolucionario, que aspira a la efectiva liberación económica y política de las masas trabajadoras del mundo entero.

La implantación del socialismo está, pues, a la orden del día. 

* C.O.S.

lunes, 18 de febrero de 2019

El Rey Midas

Lo más sorprendente del capitalismo, a la vez que terrorífico, es su capacidad para asimilar cualquier elemento subversivo que lo ataque, cuestione o incomode. Este factor determina el mercantilismo imperante que pone precio a bienes materiales o espirituales. La cultura, patrimonio por excelencia del ser humano, no queda eximida de semejante tratamiento, y es víctima de restricciones y vejaciones constantes.

La cultura, bien entendida desde concepciones mentalistas, bien desde la concepción total de Tylor, excede el elitismo cultural sostenido sobre la supremacía de estatus y los prejuicios de clase. Es manifiesta la inconsistencia resultante de tratar la cultura como una posesión más, al mismo tiempo que se aboga por un intercambio cultural. Desde una perspectiva funcional, resulta evidente que el éxito evolutivo del ser humano, su capacidad para adaptarse y su aptitud para la superrvivencia están determinados por compartir y reutilizar los hallazgos, inventos, descubrimientos y formas de vida. Cualquier invención moderna sólo es posible gracias a la acumulación paulatina de una serie de invenciones anteriores, por lo cual, en una humanidad que debería tender a unos objetivos generales comunes, la cooperación y el intercambio deberían regir las relaciones interpersonales y suprapersonales.

Cualquier grupo humano, aunque se trate de minorías marginales que no hayan pisado nunca una escuela, posee una cultura propia tan válida y tan eficaz en su ambito de acción como cualquier otra. En este sentido, el principal error es vincular la cultura a un sistema educativo que sólo sirve para justificar y validar las mal llamadas y peor ejercidas democracias de los países occidentales, que utilizan los colegios para el adoctrinamiento encubierto.

Nuestra sociedad, tan superiormente culta, nos inmuniza ante el sufrimiento de los otros, cosificándolos, mutilando nuestra capacidad crítica, anestesiando nuestra conciencia hasta el coma irreversible. El montaje democrático, que beneficia unicamente a pequeñas minorías y a los enormes grupos empresariales, se sostiene gracias a la contrucción paralela de una realidad ficticia donde las incongruencias del sistema son deliberadamente omitidas. Mientras que nuestras empresas violen los derechos humanos en el otro mundo, aquel que no aparece en las noticias ni en los libros de Historia; mientras que nuestros gobiernos apoyen y participen en los genocidios y en la esclavitud de países que nos son desconocidos; mientras que las grandes empresas exploten a los trabajadores sin hacerles partícipos de los vertiginosos beneficios económicos; mientras los medios de comunicación se sometan al poder en una relación de recíproco vasalleje; mientras que permanezcamos inmunizados a todo tipo de sufrimiento e injusticia; el capitalismo seguirá convietiendo en oro todo lo que toca.

Nuestra sociedad es un rey Midas, que ha alcanzado el concimiento supremo, la piedra filosofal, el arte de sublimar la materia, pudiendo así convertir en oro cualquer cosa, hasta los propios excrementos; lo cual no deja de ser una manera curiosa de revalorizar la mierda.

Las lecciones de la Comuna de Paris

La Comuna de París de 1871 fue uno de los episodios más grandes e inspiradores de la historia de la clase obrera. Fue un gran movimiento revolucionario en el que los trabajadores de París reemplazaron el Estado capitalista por sus propios órganos de gobierno y mantuvieron el poder político hasta su caída en la última semana de mayo. Los trabajadores parisinos lucharon, en condiciones extremadamente difíciles, para poner fin a la explotación y la opresión, para reorganizar la sociedad sobre bases completamente nuevas.

Hoy es importante para los socialistas aprender las lecciones surgidas de estos importantes acontecimientos. Veinte años antes del advenimiento de la Comuna, tras la derrota de la insurrección obrera en junio de 1848, el golpe militar del 2 de diciembre de 1851 llevó al poder al emperador Napoleón III. Al principio, el nuevo régimen bonapartista parecía inquebrantable. Los trabajadores fueron derrotados y sus organizaciones prohibidas. A finales de la década de los sesenta, sin embargo, el fin del auge económico y la recuperación del movimiento obrero debilitaron seriamente al régimen. Se hacía evidente que sólo podría sobrevivir algún tiempo en base a una nueva guerra. En agosto de 1870 los ejércitos de Napoleón III marcharon contra Bismarck.

La guerra, según Napoleón III, permitiría a Francia conquistar nuevos territorios, debilitar a los enemigos internos y poner fin a la crisis financiera e industrial que asolaba el país.

Guerra y revolución

No obstante, ocurre con frecuencia que la guerra conduce a la revolución y no es una relación casual. Una guerra aparta a la clase obrera de su rutina diaria, las masas examinan más detenidamente las acciones del Estado, de los generales, de los políticos y de la prensa en un grado infinitamente superior que en tiempos de paz.

Eso es así particularmente en el caso en una derrota. El intento de Napoleón III de invadir Alemania fue su perdición. El 2 de septiembre, cerca Sedan -en la frontera oriental de Francia- el ejército de Bismarck capturó al emperador junto a 100.000 soldados. En París, las masas tomaron las calles de la capital para exigir el fin del imperio y la proclamación de una nueva república democrática.

La llamada oposición republicana estaba aterrorizada por este movimiento de las masas, pero a pesar de todo, el 4 de septiembre se vieron obligados a declarar la república. Se formó un nuevo "gobierno de defensa nacional" cuya figura clave era el general Trochu. También estaba en el gobierno, Jules Favre, un representante típico del republicanismo capitalista que declaró públicamente que no cederían a los prusianos "ni una sola pulgada del territorio, ni una sola piedra de nuestra fortaleza".

Las tropas alemanas rápidamente rodearon París y establecieron un cerco sobre la ciudad. El pueblo apoyó inicialmente al nuevo gobierno en nombre de la "unidad" contra un enemigo extranjero. Sin embargo, esta unidad tardó poco en romperse.

A pesar de las declaraciones públicas, el Gobierno de Defensa Nacional no creía que fuera posible defender París. Fuera del ejército regular, una milicia formada por 200.000 personas -la Guardia Nacional- estaba decidida a defender París, pero los trabajadores armados dentro de París eran una amenaza mayor para los intereses de clase de los capitalistas franceses que el ejército extranjero que estaba a las puertas de la ciudad.

El gobierno decidió que lo mejor sería capitular ante Bismarck tan pronto como fuera posible. Sin embargo, el fervor patriótico de los parisinos y de la Guardia Nacional impidieron al gobierno decirlo públicamente. Trochu quería ganar tiempo y contaba con los efectos sociales y económicos causados por el asedio para romper la resistencia de los trabajadores parisinos. Mientras tanto el gobierno empezó a negociar en secreto con Bismarck.

Según pasaban las semanas aumentaba la hostilidad hacia el gobierno. Comenzaron a circular rumores sobre las negociaciones con Bismarck. La caída de Metz el 8 de octubre fue la chispa que provocó una nueva manifestación de masas.

El día 31 varios contingentes de la Guardia Nacional encabezados por los Blanquistas atacaron y ocuparon temporalmente la Asamblea Nacional. En ese momento, los trabajadores aún no estaban preparados para actuar contra el gobierno y por eso la insurrección quedó aislada.

Blanqui huyó y Flourens, el valeroso comandante de los batallones de Elleville, fue encarcelado. En París el hambre y la pobreza producto del asedio estaban provocando consecuencias desastrosas y cada vez era mayor la necesidad de romper el cerco.

El intento de salir y tomar Buzenval, el 19 de enero, acabó en otra derrota. Trochu dimitió y fue sustituido por Vinoy que en su primer discurso pidió a los parisinos que no "tuvieran ilusiones" en la posibilidad de derrotar a los prusianos. Quedaba en evidencia que el gobierno intentaba capitular. Los clubs políticos y los Comités de Vigilancia pidieron armas a la Guardia Nacional y marcharon hacia el Hôtel de Ville.

Otros destacamentos fueron a la prisión a liberar a Flourens. La presión desde abajo obligó a los demócratas de clase media de la Alianza Republicana a exigir un "gobierno popular" que organizara la resistencia efectiva contra los prusianos. Sin embargo, cuando la Guardia Nacional llegó al Hôtel de Ville, Chaudry, representante del gobierno, gritó furioso a los delegados de la Alianza y eso bastó para que los republicanos se dispersaran.

Los guardias bretones, leales al gobierno, atacaron a los Guardias Nacionales y a los manifestantes que intentaban oponerse a esta traición. Y los Guardias Nacionales tuvieron que retirarse.

Este primer choque armado con el gobierno marcó el final de la Alianza Republicana a pesar de que el movimiento contra el gobierno amainó temporalmente. A partir del 27 de enero de 1871 el Gobierno de Defensa Nacional pudo seguir con sus planes de capitulación ideados desde el principio del asedio.

París y la Asamblea Nacional

Las zonas rurales de Francia estaban a favor de la paz y los votos del campesinado en las elecciones de la Asamblea Nacional de febrero dieron la mayoría a los candidatos conservadores y monárquicos. La Asamblea nombró jefe de gobierno a un empedernido reaccionario: Adolphe Thiers. El choque entre París y la mayoría "rural" de la Asamblea era inevitable.

La contrarrevolución abierta levantó cabeza, espoleando, a su vez, a la revolución. Los soldados prusianos estaban a punto de entrar en la capital y esto dio nuevos bríos a las protestas. Los trabajadores y los sectores más pobres de la población apoyaban las manifestaciones armadas de la Guardia Nacional, denunciaban a Thiers y a los monárquicos como traidores y defendían una "lucha a muerte" por la defensa de la república.

Los acontecimientos del 31 de octubre y el 22 de enero representaban un pequeño anticipo del nuevo camino que emprendería el movimiento. Toda la clase obrera parisina, ahora sí, estaba preparada para la rebelión.

La reaccionaria Asamblea Nacional provocaba constantemente a los parisinos, a los que calificaba de criminales y asesinos. Suspendió la paga, de por sí muy baja, de los Guardias Nacionales, a menos que demostraran que eran "incapaces de trabajar". El cerco dejó a muchos trabajadores desempleados y prestar servicio en la Guardia Nacional era la única alternativa al hambre.

El gobierno obligó a pagar en 48 horas todos los alquileres atrasados y las deudas, esto representaba una amenaza inmediata de bancarrota para los pequeños comerciantes. París se vio privada de su estatus como capital de Francia, transferida a Versalles. Estas medidas y muchas otras golpearon a los sectores más pobres de la sociedad pero también provocaron la radicalización de la clase media parisina, cuya única esperanza de salvación real ahora era el derrocamiento revolucionario de Thiers y la Asamblea Nacional.

Transformación de la Guardia Nacional

La rendición a los prusianos y la amenaza de la restauración monárquica transformó la Guardia Nacional. Se eligió el "Comité Central de la Federación de Guardias Nacionales" que representaba a 215 batallones, equipados con 2.000 cañones y 450.000 armas de fuego. Aprobaron nuevos estatutos en los que se declaraba "el derecho absoluto de los Guardias Nacionales a elegir sus dirigentes y revocarlos tan pronto como perdieran la confianza de sus electores".

En esencia, el Comité Central y sus correspondientes estructuras en cada batallón fueron precursores de los soviets de trabajadores y soldados, que aparecieron en Rusia durante las revoluciones de 1905 y 1917.

La nueva dirección de la Guardia Nacional tuvo que poner a prueba su autoridad con rapidez. Cuando el ejército prusiano entró en París, decena de miles de parisinos armados se reunieron con la intención de atacar al invasor. El Comité Central intervino para evitar una lucha desigual para la que no estaban preparados. El éxito del Comité Central asentó firmemente su autoridad y se lo reconoció como la dirección del pueblo. A Clément Thomas, el comandante nombrado por el gobierno, no le quedó otra alternativa que dimitir. Las fuerzas prusianas ocuparon parte de la ciudad durante dos días y después se retiraron.

Thiers había prometido a los Rurales de la Asamblea restaurar la monarquía. Su tarea inmediata era poner fin a la situación de "doble poder" en París. Los cañones bajo la dirección de la Guardia Nacional, y en particular los de Montmartre, posición desde la que se dominaba la ciudad, eran toda una amenaza a la "ley y el orden" capitalistas. A las 3 de la madrugada del 18 de marzo, el gobierno envió a 20.000 soldados regulares a tomar estos cañones que estaban al mando del general Lecomte.

Los tomaron sin apenas dificultad. Sin embargo, la expedición partió sin tener en cuenta la necesidad de llevar los medios necesarios para transportar los cañones. A las 7 de la madrugada todavía no habían llegado los aparejos. Las tropas se encontraron rodeadas por una multitud de trabajadores incluidos mujeres y niños, en ese momento entró en acción la Guardia Nacional. La multitud desarmada, los Guardias Nacionales y los hombres de Lacomte se lanzaron acusaciones mutuas en medio de una densa reunión. Algunos soldados empezaron a confraternizar con los Guardias Nacionales.

Lecomte ordenó a sus hombres disparar a la multitud. Nadie disparó. Los soldados y los guardias nacionales se aplaudían mutuamente y se abrazaban. Aparte de un breve intercambio de fuego en la plaza Pigalle, el ejército se desmoronó ante los Guardias Nacionales sin ofrecer la menor resistencia. Lecomte y Clément Thomas, el ex comandante de la Guardia Nacional que había disparado a los trabajadores en 1848, fueron arrestados. Soldados furiosos los ejecutaron poco después.

Thiers no había previsto la deserción de sus tropas. Presa del pánico, huyó de París y ordenó al ejército y a los servicios civiles abandonar la ciudad y los fuertes circundantes. Quería salvar lo que quedaba del ejército y evitar el contagio del París revolucionario.

El viejo aparato del Estado estaba fuera de juego y la Guardia Nacional tomó los puntos estratégicos de la ciudad sin encontrar ninguna resistencia. El día 18 de marzo por la tarde, se formó un nuevo gobierno revolucionario basado en el poder armado de la Guardia Nacional.

Gobierno revolucionario

La primera disyuntiva a la que se enfrentó el Comité Central fue qué hacer con el poder. ¡No tenían "mandato legal" para gobernar! Después de mucha discusión, estuvieron de acuerdo en quedarse en el Hôtel de Ville durante "unos cuantos días" durante los cuales se organizarían elecciones municipales (comunales). Al grito de "¡viva la Comuna!" los miembros del Comité Central expresaban el deseo de delegar el poder cuanto antes.

La cuestión inmediata sobre la que decidir era qué hacer con Thiers y el ejército, en retirada hacia Versalles. Eudes y Duval propusieron que la Guardia Nacional los persiguiera para acabar con lo que quedaba de las fuerzas de Thiers. Sus llamamientos cayeron en saco roto. La mayoría del Comité Central eran hombres muy moderados, sin el temperamento ni las ideas necesarias para las tareas que les había impuesto la historia.

El Comité Central inició las negociaciones con los antiguos alcaldes y con varios "conciliadores" para fijar la fecha de las elecciones. Esto centró su atención hasta que finalmente se celebraron el 26 de marzo. Thiers utilizó este valioso tiempo. Comenzó una campaña de propaganda y mentiras contra París, dirigida a las provincias, y, con la ayuda de Bismarck, reforzó la cantidad de armas, de soldados y su moral para preparar un nuevo ataque sobre París.

La recién elegida Comuna sustituyó la dirección de la Guardia Nacional por un gobierno oficial del París revolucionario. El gobierno estaba formado por personas relacionadas con el movimiento revolucionario de una u otra forma. La mayoría se podrían describir como "republicanos de izquierda", empapados de la nostalgia idealizada del régimen jacobino de la Revolución Francesa.

De sus 90 miembros, 25 eran trabajadores, 13 pertenecían al Comité Central de la Guardia Nacional y 15 a la Asociación Internacional de Trabajadores. Los blanquistas, hombres enérgicos siempre dispuestos a medidas extremas y dramáticas pero con ideas políticas muy vagas, y los internacionalistas eran una cuarta parte de la Comuna.

El propio Blanqui estaba en una prisión provincial. Los pocos reaccionarios electos abandonaron sus puestos con distintos pretextos. Otros fueron arrestados cuando se descubrieron sus nombres en los archivos de la policía y fueron identificados como antiguos espías del régimen imperial.

Construyendo una nueva sociedad

La Comuna eliminó todos los privilegios de los funcionarios estatales, congeló los alquileres, los talleres abandonados pasaron a estar controlados por los trabajadores, aprobó medidas para limitar el trabajo nocturno, garantizar la subsistencia de los pobres y los enfermos. La Comuna declaró que su objetivo era poner fin a "la anarquía y la competencia ruinosa entre los trabajadores por el beneficio de los capitalistas" y la "diseminación de los ideales socialistas.

La Guardia Nacional estaba abierta a toda la población y organizada, como ya hemos visto, en líneas estrictamente democráticas. Se ilegalizaron los ejércitos "separados y aparte del pueblo". Se requisaron los edificios públicos para aquellos que no tenían un techo bajo el que cobijarse. La educación pública era para todos, lo mismo ocurría con los teatros, los centros de cultura y aprendizaje.

A los trabajadores extranjeros se los trataba como hermanos y hermanas, como soldados de la "república universal del trabajo internacional". Se celebraban reuniones día y noche, en ellas miles de hombres y mujeres normales debatían sobre todos y cada uno de los aspectos de la vida social y sobre cómo organizar la sociedad en interés del bien común.

El carácter social y político de esa sociedad, que poco a poco tomaba forma bajo el escudo de la Guardia Nacional y la Comuna, era incuestionablemente socialista. La ausencia de cualquier precedente histórico, la ausencia de una dirección y un programa claro, combinado con la dislocación social y económica de una ciudad asediada, necesariamente suponía que los trabajadores caminasen a tientas a la hora de ocuparse de los requerimientos concretos que implicaba la organización de la nueva sociedad.

Se ha escrito mucho sobre la incoherencia, la pérdida de tiempo y energía, sobre los errores del pueblo parisino en las diez semanas que estuvo en el poder dentro de los muros de una ciudad asediada. La mayoría son verdad. Los comuneros cometieron muchos errores.

Marx y Engels fueron muy críticos con los comuneros por no tomar el control del Banco de Francia, que seguía pagando millones de francos a Thiers para armarse contra París. Sin embargo, la mayoría de las iniciativas importantes tomadas por los trabajadores apuntaban en dirección a la completa emancipación social y económica de la población asalariada como clase. Ante todo, a la Comuna le faltó tiempo.

El camino hacia el socialismo fue cortado por el regreso del ejército de Versalles y el terrible baño de sangre que puso fin a la Comuna.

El aplastamiento de la Comuna

Sin duda, la Comuna subestimó la amenaza que representaba Versalles, ni intentó atacar ni tampoco se preparó seriamente para su defensa. A partir del 27 de marzo comenzaron los intercambios ocasionales de disparos entre las posiciones del ejército de Versalles y las murallas que rodeaban París.

El 2 de abril, un destacamento de comuneros que se dirigía a Courbevoie fue atacado y tuvo que regresar. Los prisioneros capturados por las fuerzas de Thiers fueron fusilados. Al día siguiente, debido a la presión de la Guardia Nacional, la Comuna lanzó una ofensiva contra Versalles. Sin embargo, a pesar del entusiasmo de los batallones de comuneros, éstos carecían de preparación política y militar serias -se pensaba ingenuamente que, como el 18 de marzo, el ejército de Versalles se pasaría a la Comuna al ver la Guardia Nacional- lo que los condenó al fracaso.

Esta derrota no sólo provocó muertos y heridos, entre ellos Flourens y Duval, asesinados cuando fueron capturados por el ejército de Versalles, el optimismo fatalista de las primeras semanas dio lugar a un sentimiento de peligro inminente y derrota, lo que acentuó las divisiones y la rivalidad entre los mandos militares.

El ejército de Versalles entró en París el 21 de mayo de 1871. En el Hôtel de la Ville, los comuneros no consiguieron organizar una estrategia militar seria y, en el momento decisivo, la Comuna sencillamente dejó de existir, dejando toda la responsabilidad en manos del Comité de Seguridad Pública, completamente ineficaz. A los Guardias Nacionales se les permitió ir a luchar a sus localidades; esta decisión junto con la ausencia de un mando centralizado, impidió el aglutinamiento de una fuerza comunera seria capaz de ofrecer resistencia al empuje de las tropas de Versalles.

Los comuneros lucharon con tremendo valor y finalmente el 28 de mayo fueron derrotados. Las fuerzas de Thiers provocaron una terrible carnicería en la que murieron más de 30.000 hombres, mujeres y niños, en las semanas siguientes asesinaron aproximadamente a otras 20.000 personas. Los escuadrones de fusilamiento continuaron trabajando durante el mes de junio, asesinando a todo aquel sospechoso de haber cooperado con la Comuna.

Marx y Engels siguieron de cerca los acontecimientos de la Comuna y sacaron muchas lecciones del primer intento de construir un Estado obrero. Sus conclusiones se pueden encontrar en los escritos publicados bajo el título “La guerra civil en Francia” con una notable introducción de Engels. Antes del 18 de marzo declararon que, debido a las circunstancias desfavorables, la toma del poder representaba "una locura desesperada.

Sin embargo, los acontecimientos del 18 de marzo pusieron el poder en manos de los trabajadores. De forma abrupta, la clase obrera de París no sólo tuvo que luchar por mejoras inmediatas, sino por una "república universal" que pusiera fin a la explotación, a las divisiones de clase, al militarismo reaccionario y a los antagonismos sociales.

En la Francia moderna, como en todos los países industrializados del mundo, las condiciones materiales para la consecución de estos grandes objetivos hoy son incomparablemente más favorables que en 1871.

Ahora nuestro deber es crear una base firme para conseguir la sociedad por la que lucharon y murieron los hombres y mujeres de la Comuna.

¿Quién recuerda a Patrice Lumumba?

En la actualidad son muy pocos los que conocen o recuerdan a Patrice Émery Lumumba, pero ya se cumplieron 58 años de su asesinato, el 17 de enero de 1961, y todo sigue peor en el Congo Belga, (ahora República Democrática del Congo). Lumumba tenía 35 años cuando ocupó el cargo de Primer Ministro del Congo durante 4 meses en 1960.

En ese entonces, cuando Bélgica le dio la independencia al Congo Belga, nunca pensó que un modesto habitante africano de educación privilegiada, y novato en política, ganaría las únicas elecciones efectuadas en el país hasta el 2006.

El crimen o "gran pecado" de Lumumba fue querer la mejoría de los ciudadanos del Congo y para eso pidió la ayuda de la URSS. Fue su sentencia de muerte. Bélgica, la CIA, y la ONU, conspiraron de tal forma para que fuese torturado y asesinado brutalmente, sin piedad ni respeto por su investidura de Primer Ministro del Congo independiente. Hasta el año 2006 no hubo mas elecciones libres, fueron 45 años de dictaduras y expoliación, y continúan robando al Congo. Patrice Lumumba realizó unas pequeñas mejoras en 4 meses de gobierno, lo cual obviamente fue destruido y nada de su esfuerzo constructor fue permitido.

miércoles, 30 de enero de 2019

¿Es socialista el Partido Socialista?



“Damas y caballeros: estos son mis principios. Si no les gustan tengo otros”.
GROUCHO MARX

Concluyó el XXXI congreso ideológico del Partido Socialista. Tuvo poco de ideológico y mucho de tanteo de fuerzas para la próxima elección de directiva, el 26 de mayo. El PS ha dilapidado -en aras del neoliberalismo- el caudal ideológico, político y social que había acumulado en el siglo pasado. Nadie se explica por qué continúa utilizando el apellido Socialista cuando desde 1990 su tarea como instrumento político ha consistido en remozar y maquillar el capitalismo, compartiendo esa labor -cubierta de elogios por la gran burguesía- con otros sectores social demócratas y demócrata cristianos.

El PS carga con varios bacalaos políticos -entre ellos algunos socios del neoliberalismo, los rescatistas de Pinochet preso en Londres, los beneficiarios de platas negras de SQM, etc.-

La influencia de esos condotieros de la política y las finanzas ha desestibado la carga ideológica del PS introduciendo en su práctica el doble estándar que le lleva a proclamar principios que en la práctica no acata. Lo que hoy sucede en el PS -el partido del Presidente Allende- es una desgracia para el pueblo trabajador que necesita de una Izquierda anticapitalista a la cabeza de sus luchas. La Izquierda casi ha desaparecido en Chile, entre otras razones por la actividad destructiva de la ideología que ha cumplido la oligarquía política en el PS y otros partidos.

Como suele ocurrir en sus periodos de abstinencia burocrática, el PS se inclina una vez más a la izquierda. Plantea una nueva Constitución vía Asamblea Constituyente y se propone “derrotar la desigualdad, profundizar la democracia e impulsar un nuevo modelo de desarrollo inclusivo”, según su presidente Alvaro Elizalde. Todo esto con el propósito de reagrupar a la ex Nueva Mayoría y sumar al Frente Amplio. ¡Cómo quisiéramos creer que el PS retorna a los principios de una política de izquierda! Sin embargo, es imposible. El PS ha co-gobernado el país más de un cuarto de siglo y no ha movido un dedo para avanzar hacia los objetivos que vuelve a rescata de su almacén programático.

El PS del siglo XXI no es ni la sombra del partido de ideólogos y políticos de la talla de Eugenio González, Julio César Jobet, Belarmino Elgueta, Alejandro Chelén Rojas, Salomón Corbalán, Clodomiro Almeyda, Raúl Ampuero, Carlos Altamirano, Pedro Vuskovic y Salvador Allende, el principal entre sus pares.

A punto de cumplir 86 años el PS carece de la honorabilidad política basada en lealtad a los principios para honrar su pacto original con los trabajadores. Desde luego el PS ha dejado de ser marxista. Abandonó su defensa ardiente de los principio de no intervención y de autodeterminación de los pueblos para contener los desmanes del imperialismo en América Latina y el Caribe. Junto con el PPD y el PR apoya la extorsión imperialista a la soberanía de Venezuela de la Internacional Socialdemócrata.

Desde luego, recuperar a los sectores sociales y políticos cuyo rol histórico está en una Izquierda leal al pueblo y armada con una alternativa de poder que convoque a la mayoría, incluyendo a las FF.AA., es el camino que conduce al futuro.
PF Blog

sábado, 9 de septiembre de 2017

¿Qué es la masonería?



La francmasonería es una institución universal, iniciática, esencialmente filosófica y ética, filantrópica, progresiva, y progresista, integrada por personas de espíritu libre, unidos entre sí por el vínculo de la fraternidad, que se dedican a labrar su perfeccionamiento individual mediante el estudio y desarrollo de la ciencia y la cultura, la búsqueda de la verdad, la práctica de la virtud y el ejercicio de la solidaridad, con el objeto de lograr el progreso moral, intelectual, social y material de la humanidad. 

Tiene por principios y exige de sus adeptos la tolerancia mutua, el respeto irrestricto de los Derechos Humanos y la libertad absoluta de conciencia. Invita a abordar por sí mismo las interrogantes fundamentales de la existencia, en armonía con la naturaleza y la sociedad de la cual cada masón es parte. 

Desarrolla un método iniciático tradicional fundado en un rito, basado en las enseñanzas de la Sabiduría Antigua, para revelar los misterios de la conciencia humana, en un proceso de búsqueda personal, exaltando la virtud y dignidad del ser humano, promoviendo la solidaridad y la justicia social, y se establecen puentes para enlazar el pensar, el decir, el sentir y el actuar. 

No prohíbe ni impone a sus miembros ninguna convicción religiosa y rechaza toda afirmación dogmática y todo fanatismo. Ella hace suya la divisa de LibertadIgualdad y Fraternidad, y en consecuencia, combate la explotación del hombre por el hombre, los privilegios y la intolerancia.

La mayoría de los tratadistas vinculan el nacimiento de la masonería a las corporaciones medievales de albañiles, las primeras de las cuales se organizaron en Lombardía hacia el siglo X, y llegaron a tener gran auge en el siglo XIII. Por otra parte, los mismos autores de estas hipótesis reconocen que no han podido penetrar en el secreto de la masonería por falta de documentos en los archivos.

Es frecuente que se conciba la masonería como una organización única a nivel mundial, con una única estructura y orden para todos los francmasones del mundo. 

Nada más lejos de la realidad. La masonería es una institución profundamente diversa, con distintas tradiciones históricas, sociales, culturales, así como geográficas, etc.

Las dos tradiciones fundamentales de la masonería son la Liberal (también conocida como adogmática, de origen francés, continental o laica) y la Regular (anglosajona, tradicional, conservadora o teísta).

Expresamos a continuación las diferencias claves entre ambas tradiciones:

La Masonería "Liberal"
o Adogmática

La corriente que se denomina Liberal o Adogmática tiene su principal exponente mundial en el Gran Oriente de Francia. Es la corriente de mayor tradición en la Europa continental y a ella se adscriben muchas obediencias en todo el mundo, en especial en Iberoamérica, incluyendo en particular a las Grandes Logias femeninas y mixtas. No se basa en un estándar de regularidad establecido, sino que mantiene como referente el reconocimiento compartido de unos valores, modelos rituales y organizativos que por tradición se consideran esencialmente masónicos. Las organizaciones masónicas son soberanas para suscribir Tratados de Amistad y Mutuo Reconocimiento con otras organizaciones que comparten sus mismos valores y costumbres. Sus principales características son:

  • El principio de libertad absoluta de conciencia. Admite entre sus miembros tanto a creyentes, ateos, agnósticos, etc. y el juramento o promesa puede realizarse, según las logias, sobre el libro de la ley (las constituciones de la orden) o sobre un Volumen de la Ley Sagrada, en ambos casos junto a la escuadra y el compás.
  • El reconocimiento del carácter regular de la iniciación femenina, las obediencias pueden ser masculinas, mixtas o femeninas.
  • El debate de las ideas y la participación social. Las logias debaten libremente incluso sobre cuestiones relacionadas con la religión o la política, siempre de manera no partidista o confesional, y frecuentemente se posicionan institucionalmente sobre cuestiones relacionadas con aspectos sociales relevantes, fundamentalmente en relación a la defensa de los Derechos Humanos y los valores de Libertad, Igualdad, Fraternidad y Laicidad.

La Masoneria Liberal o Adogmática, tiene como principio la tolerancia mutua, el respecto a los demás y de uno mismo, y la absoluta libertad de conciencia. Considerando que las condiciones metafísicas y religiosas son del dominio exclusivo de la apreciación de cada individuo rechaza cualquier afirmación dogmática. Cada francmasón interpretará la invocación al Gran Arquitecto del Universo según le dicte su conciencia con el mayor respeto hacia las diferentes interpretaciones y hacia los Hermanos que las sustentan.

El Gran Oriente de Francia es el mayor exponente de la tradición liberal en el mundo, y tiene logias fuera de las fronteras francesas, sobretodo en Europa. Uno de sus valores fundacionales es la Laicidad.

Las organizaciones masónicas liberales están abiertas a relacionarse con todas las Obediencias del mundo y a colaborar con todas ellas, respetando las tradiciones respectivas. Pese a que no existan relaciones diplomáticas formales entre las obediencias regulares y las liberales, por expreso deseo de las primeras, los masones a nivel particular mantienen relaciones de fraternidad y mutuo reconocimiento con todos aquellos masones que hayan sido debidamente iniciados y otorgados sus grados, con independencia de la tradición masónica a la que se adscriban o la Obediencia bajo la que trabajen. 

La Fraternidad masónica siempre está por encima de cualquier diferencia, ya que así la masonería puede continuar siendo el centro de unión y medio para establecer amistad entre personas que, de otro modo, habrían permanecido distanciadas entre sí para siempre. (Constituciones de Anderson, 1723).

La Masonería "Regular"
o Anglosajona

La corriente que se denomina Regular o Anglosajona está encabezada por la Gran Logia Unida de Inglaterra y a ella se adscriben también las Grandes Logias de Escocia e Irlanda, buena parte de los EE.UU., los países de la Commonwealth, Iberoamérica y parte de la Europa continental, sobretodo en el norte. Se basan en el mantenimiento de la literalidad de la tradición masónica del siglo XVIII y en particular del texto de las Constituciones de Anderson y los dictados de la Gran Logia Unida de Inglaterra, que estableció a principios del siglo XX unos criterios de regularidad que deben cumplir las organizaciones masónicas que quieran ser reconocidas en esta tradición. 

Los elementos fundamentales en que se basan son los siguientes:

  • La creencia de sus miembros en un Ser superior y su voluntad revelada, como un requisito imprescindible para la iniciación masónica. No se admiten, por tanto, a ateos o a aquellos que no suscriban la existencia de un principio superior.
  • El juramento o promesa debe realizarse sobre el llamado Volumen de la Ley Sagrada, generalmente la Biblia u otro libro considerado sagrado (el Corán, la Torá, etc). La presencia de este Volumen de la Ley Sagrada, la escuadra y el compás son imprescindibles en la logia.
  • Están expresamente prohibidas las discusiones sobre política y religión, así como el posicionamiento institucional sobre estos aspectos.
  • No se reconoce la iniciación masónica femenina ni se aceptan las relaciones diplomáticas masónicas con las logias que admitan mujeres entre sus miembros ni con las que no cumplan con sus criterios de regularidad anteriormente citados.

miércoles, 12 de julio de 2017

La izquierda israelí: entre héroes y traidores

Auge, debacle y perspectivas de las agrupaciones que pueden frenar a la derecha de uno de los países más complejos del planeta.

El 22 de septiembre de 1967, tres meses después de la llamada Guerra de los Seis Días que le dio a Israel la victoria aplastante sobre sus países vecinos, un grupo de activistas publicó un aviso pago en Haaretz, uno de los periódicos de mayor trayectoria en Israel. La misma afirmaba: “Nuestro derecho de defendernos de la aniquilación no nos otorga el derecho de explotar a otros. La ocupación conlleva el dominio extranjero. El dominio extranjero conlleva la resistencia. La resistencia conlleva la represión. La represión conlleva terrorismo y contraterrorismo. Las víctimas del terrorismo son generalmente inocentes. Mantener los territorios ocupados nos convertirá en una nación de asesinos y asesinados. Retirémonos inmediatamente de los territorios ocupados”.

El aviso, firmado por doce militantes de la izquierda, no podría haber sido más contracultural dentro de la sociedad judía israelí que lo leyó ese día, embriagada de gloria como estaba por los resultados de la guerra, que vieron a Israel superar de forma clara a los ejércitos árabes vecinos y tomar control de la Península del Sinaí y de la Franja de Gaza al sur (hasta ese momento bajo control egipcio), Cisjordania al este (de manos de los jordanos) y los Altos del Golán al norte (de los sirios). Esta expansión territorial incluyó de forma significativa la parte oriental de la ciudad de Jerusalén, que los jordanos habían conquistado en la Guerra de 1948, y que por lo tanto marcó el retorno judío al Muro Occidental del Templo (el llamado Muro de los Lamentos) y otros lugares de importancia histórica y religiosa judía.

Sin embargo, la publicación resume sucintamente el ethos de la izquierda israelí desde aquel momento: la idea de que la retirada de los territorios conquistados en la contienda militar (tal como reza la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de noviembre de ese año y posteriores decisiones del organismo) es necesaria para la seguridad física e integridad moral del Estado de Israel, llamando por lo tanto a poner fin a la violenta ocupación que nació de la guerra y que continúa hasta el día de hoy. De esta forma, gran parte de la izquierda sostiene la necesidad de crear un Estado palestino como principio político, mientras luchan para denunciar los abusos de derechos humanos y violencia que conlleva el mantenimiento del status quo. La pregunta sobre qué hacer con estos territorios y si deben ser cedidos para crear un Estado palestino marca el principal clivaje político de la sociedad israelí y la diferencia principal del eje izquierda-derecha, tomando una mayor centralidad que las preguntas en torno a la distribución de la riqueza o la separación entre iglesia y Estado que suelen marcar esta distinción a nivel global.

Siguiendo esta definición inicial, la izquierda israelí construyó a lo largo de los años un amplio panorama de organizaciones sociales y partidos políticos, con claras diferencias en cuanto a cómo resolver el conflicto (algunas, por ejemplo, proponen la creación de un Estado palestino que conviva pacíficamente con el Estado judío, mientras que otras, históricamente más pequeñas, apoyan un único Estado binacional para judíos y árabes) pero marcadas con una identidad común que se autodenomina como el “campo de paz”. Este campo político incluye partidos políticos como Meretz (que se define como sionista y de izquierda) y la Lista Unida (frente no sionista de base electoral mayoritariamente árabe-israelí), organizaciones culturales y educativas, organismos de defensa jurídica y demás.

Las organizaciones de derechos humanos en Israel, que registran y denuncian violaciones por parte del Estado, también se ubican en el campo de paz al denunciar los males de la ocupación: dentro de este grupo se ubica el Comité Israelí Contra la Demolición de Casas (ICAHD), la Asociación de Derechos Civiles en Israel (ACRI) y el Centro de Información sobre los Territorios Ocupados (B’Tselem), entre otros. Incluso hay organizaciones de ex combatientes, como Shovrim Shtiká (en hebreo, “Rompiendo el Silencio”), que recauda testimonios de ex soldados israelíes que realizaron su servicio militar obligatorio en los territorios ocupados y graban su experiencia como protagonistas en violaciones a los derechos humanos como denuncia de la terrible realidad de la ocupación en territorios a los que la mayoría de los israelíes no van.

La izquierda tuvo sus éxitos, como presionar a fines de la década del ’70 al primer ministro Menajem Beguin a hacer la paz con Egipto a cambio de renunciar al Sinaí. En los años ‘90, la izquierda en el poder hizo la paz con Jordania y sintió muy cerca la paz tan esperada con los palestinos. Sin embargo, a pesar de la gran diversidad de sus organizaciones, la izquierda es hoy una minoría en Israel, habiendo disminuido en las últimas décadas dramáticamente su presencia en la Kneset, el parlamento israelí. Según una encuesta de 2016 del periódico Iediot Ajronot, el 67% de la sociedad israelí cree que no es posible hoy un acuerdo de paz con los palestinos. Según la organización Pnima, el 22,5% del público israelí cree que “la izquierda constituye un peligro para el país”.

Cincuenta años después de la guerra, la sociedad israelí está decididamente corrida a la derecha y se fortalecieron voces extremas en una época consideradas marginales, como la del diputado Oren Hazan del partido Likud, que el pasado 22 de julio expresó en un video difundido por internet ante el asesinato de una familia en un asentamiento judío en Cisjordania: “Si fuera por mí, iría a la casa del terrorista y lo asesinaría junto a su familia… Ellos entienden sólo la violencia… La Tierra de Israel es para el pueblo de Israel (judíos) y no para Ismael (árabes)”.

¿Cómo se generó tanto escepticismo por parte de los israelíes ante una solución diplomática y, por lo tanto, la reducción y el aislamiento de la izquierda israelí? En su libro El movimiento pacifista israelí: un sueño hecho añicos, la politóloga Tamar Hermann ofrece una explicación: la génesis de este proceso se habría producido -según ella, paradójicamente- en el momento de oro de la izquierda israelí, el gobierno de Itzjak Rabin entre 1992 y 1995. Rabin fue el primer mandatario israelí en reconocer a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como interlocutor (antes eran vistos sólo como una organización terrorista) y firmó acuerdos iniciales (los Acuerdos de Oslo) que apuntaban a realizar concesiones territoriales con el fin de establecer un Estado palestino.

Ese último gobierno de Rabin (terminado el 4 de noviembre de 1995 cuando un judío ortodoxo de derecha lo asesinó por su oposición al proceso de paz), significó para la izquierda la llegada al gobierno de muchas de las demandas que durante décadas habían sido formuladas por fuera del poder. Aunque la idea dividió a la sociedad israelí en dos mitades, luego del asesinato de Rabin asumió la derecha y el proceso de paz de Oslo quedó congelado. La izquierda fue acusada de haber sido responsable, gracias a su inocencia sobre las aspiraciones del otro lado o su maldad o indiferencia ante la seguridad propia, del estallido de violencia conocido como la Segunda Intifada en el año 2000, por haber hecho concesiones que habrían fortalecido la posición palestina.

Debilitada ante un creciente escepticismo fogoneado por los actos de terrorismo, un primer ministro de centroizquierda, Ehud Barak (del Partido Laborista) famosamente declaró en 2000 que “no existe partner para la paz”, quizás clavando el último clavo en el ataúd de la izquierda en el poder. Desde entonces y hasta hoy, buena parte de la sociedad israelí ve en la izquierda personas inocentes y de buena voluntad, pero incapaces de entender la política real, desconectados de la complicada situación de seguridad de Israel que requiere de medidas militares drásticas y no siempre simpáticas, o ajenos a la naturaleza de la violencia árabe (yafei nefesh se los llama en hebreo, que vendría a ser “bellos de alma”). En algunos casos, otros políticos y organizaciones los han llamado shtulim (“topos” o “infiltrados”), sosteniendo que su agenda no es resguardar los intereses de Israel sino otros, extranjeros. Según esta última visión, no serían inocentes sino ajenos o directamente hostiles al bienestar de su país: ohavei aravim (“amantes de árabes”) es otro “insulto” que se esgrime en las redes sociales virtuales, frente a las manifestaciones e incluso por parte de algunos políticos de derecha empoderados por el clima actual.

Esta perspectiva -un tanto reminiscente del macartismo- no queda sólo en el mero discurso político, sino que avanza también en el plano legislativo. Cuando en octubre de 2016, Hagai El-Ad, presidente de la organización B’Tselem, se expresó ante una sesión del Consejo de Seguridad llamando a la comunidad internacional a presionar a Israel para que ponga fin a la ocupación, el embajador israelí ante la ONU lo acusó de «sumarse a los esfuerzos palestinos de terror diplomático contra Israel«. El líder de la coalición gubernamental en el Parlamento afirmó que El-Ad debería ver revocada su ciudadanía, mientras que en segunda instancia propuso una ley que penalizaría a los israelíes que critiquen a su país ante un organismo internacional con el potencial de imponer sanciones contra Israel. Un spot de la organización de derecha Im Tirtzú mostraba un palestino apuñalando a una víctima que no se ve en cámara al ocupar el lugar del televidente, mientras señalaba una voz en off: “Antes de que te apuñale el próximo terrorista, ya sabe que Hagai El-Ad, un infiltrado de la Unión Europea, llamará a Israel criminal de guerra” (la propaganda también menciona a otros dirigentes de izquierda).

Aunque algunas de estas medidas fueron canceladas cuando Estados Unidos criticó las violaciones a la libertad de expresión, existe en Israel una “Ley de Transparencia” que obliga a estas organizaciones a expresar de forma prominente en todas sus comunicaciones si la mayoría de sus fondos provienen del exterior. Aunque esta medida fue introducida como un acto para promover la transparencia, es bastante llamativo que afecta de forma desproporcionada a las organizaciones de izquierda, que reciben buena parte de sus fondos de la Unión Europea (UE), países de Europa de forma independiente y EE.UU. Hay otros avances legales contra los reductos tradicionales de la izquierda y centroizquierda: el mundo académico, el artístico y algunos medios de comunicación.

¿Cuáles son los principales desafíos que debe enfrentar la izquierda israelí si quiere volver a ser relevante? En la humilde opinión del autor, son estos:

• Cómo hacer que los israelíes vuelvan a creer en la paz y en la existencia de «un socio del otro lado». Cada vez que se producen actos de violencia, la derecha se fortalece y la izquierda se debilita. La derecha vende al público israelí seguridad, un argumento que apela a elementos más viscerales que la paz que ofrece la izquierda y que tantos israelíes ven como mero optimismo infundado.

• Cómo escapar a la trampa del dinero extranjero. Mientras que muchas de estas ONG necesitan dinero de organismos internacionales e incluso de gobiernos extranjeros (particularmente, Alemania y países nórdicos) para financiar a su personal y mantener su visibilidad, esto fortalece la acusación de que representan intereses extranjeros.

• Cómo superar la fragmentación. Existen muchas divisiones dentro de la izquierda al no existir una postura unificada frente al sionismo, derecho al retorno palestino, Movimiento Internacional de Boicot a Israel (BDS), futuro destino político de Jerusalén, etc. Como resultado, no existe una movilización unificada.

• Cómo salir de la burbuja. La izquierda continúa siendo vista como un movimiento eminentemente laico, ashkenazí (de judíos de origen europeo), adinerado y centrado en Tel Aviv o los kibutzim. La sociedad israelí es mucho más diversa e incluye sectores culturales que fueron conquistados por la derecha, como los judíos mizrajim (originarios de países árabes e islámicos).

• Cómo encontrar el mensaje correcto. La ocupación de los territorios palestinos puede ser enmarcada como un problema ético, político (el creciente aislamiento de Israel en el mundo), económico (los costos necesarios para sostener la ocupación y sus impactos negativos sobre las poblaciones y regiones más vulnerables de Israel) y hasta demográfico (el problema de mantener un Estado judío que, en pocos años y si se sostienen las actuales tendencias de crecimiento, controlará un territorio habitado por una mayoría árabe, parte de la cual no tiene ciudadanía ni derecho de voto). Identificar el mensaje que más resuene puede servir para una izquierda que en las últimas décadas parece ser más bien reactiva y sin la capacidad de marcar agenda en el debate público.

A pesar de estos desafíos, la marcha convocada en mayo pasado por la organización Shalom Ajshav (“Paz Ahora”), uno de los referentes más antiguos de la izquierda, que congregó a 15.000 personas en Tel Aviv bajo el lema de “Dos Estados para Dos Pueblos”, evidencia que este sector continúa vivo y que puede convocar si se dan las circunstancias correctas. Las posibilidades de que se avance hacia una solución política al conflicto árabe-israelí o, por el contrario, comience una masacre más, dependerá en buena medida en la evolución de este movimiento y de las ideas que lo sustentan.

Kevin Ary Levin - Sociólogo, docente y analista de Oriente Medio. Espartaquista

domingo, 3 de julio de 2016

Socialismo y Masonería

Desde su fundación en 1933, el socialismo ha albergado en su seno una parte de la pluralidad de Chile, expresada en grupos de opinión, de intereses y de identidades específicas. Así han sido parte de sus filas militantes y de su ámbito convocante distintas percepciones e interpretaciones de la fenomenología social, distintas escuelas del pensamiento; cada cual con su especificidad y su acento diverso. Ello, por cierto, declinó en aquellas circunstancias en que se tendió hacia el monolitismo y la superlativización ideológica; pero siempre se ha recuperado cuando se ha retornado hacia su característica fundacional.

Uno de los exponentes de esa pluralidad es la vertiente racionalista laica, integra­da por miembros de la Orden Masónica, que se han sentido convocados por el socialismo a través del tiempo, o que en las filas del socialismo han explorado el camino de la masonería. Entre ellos, sobresale con su brillo singular, la figura de Eugenio Matte Hurtado, sin dejar de lado las no menos relevantes personalidades de Grove, Bianchi, Martínez y González Rojas en el esfuerzo fundacional, y la de Salva­dor Allende en parte sustancial de la historia del Partido Socialista (PS).

Necesario es destacar al primero de los nombrados, por su trascendente signifi­cación masónica y socialista, que lo llevó a ocupar un lugar que aún no ha sido plenamente reivindicado por los historiadores. Matte, un sobresaliente tribuno repu­blicano, ocupó el mas alto rango masónico -el título e investidura de gran maes­tro- a los 32 años de edad, una excepción en una institución donde el tiempo jerarquiza por sobre las circunstancias, responsabilidad a la que renunció para actuar protagónicamente en el proceso político que culminó con la fundación del Partido Socialista.

No cabe duda que los veinte primeros años del ps están marcados por una participación masónica relevante, que comienza a declinar hacia los años 60, a medida que se produce, por un lado, la radicalización ideológica del socialismo, y por otro, por una ten­dencia de introversión institucional de la Orden Masónica.

Problemas de política interna, dentro de las luchas de poder direccional, determinaron que, en muchos momentos, la condición masónica fuera una anatema que condicionaba la calidad militante. Incluso, en más de una oportunidad se votaron mocio­nes que buscaban una opción terminal obligatoria, donde el militante debía perder esa condición en el caso de mantenerse dentro de las filas de la francmasonería.

Allende, destinatario directo de tales propuestas, las enfrentó en una lucha doctrinal de alto vuelo que de­finió la naturaleza complementaria de ambos caminos, en tanto uno tocaba la condición individual -intrínseca­mente personal- y el otro tenía que ver con lo colectivo -lo específica­mente social- lo que fue sintetizado en su frase ya célebre: "Soy socialista porque soy masón, y soy masón por­que soy socialista".

Analizados ahora los factores que incidieron, en su momento, en tales actitudes antimasónicas, está claro que tuvieron mucho, que ver en su configuración las luchas de posicio­nes dentro del partido y, en algunas ocasiones, los prejuicios propios del desconocimiento o por relaciones encontradas entre militantes masones y no masones, donde la cuestión de las identidades fue un canal de refe­rencia para determinadas tomas de posiciones.

Uno de los factores que ha influi­do en la anatematización de que son objeto los masones es el desconoci­miento de los elementos constituyen­tes de su condición. Muchas veces las imágenes que se han construido co­rresponden a reflejos distorsionados por diversas razones. ¿Cuáles son sus objetivos?, ¿cuáles son sus prácticas?, ¿cuáles son sus doctrinas?, son inte­rrogantes que han ido construyendo más mitos que realidades.

ESPECULACION FILOSOFICA

La masonería -en tanto orden filosó­fica- surge a principios del siglo XVIII, en Inglaterra y Francia, princi­palmente, difundiéndose por Alema­nia, Italia, demás países europeos y EEUU. Influyen en su conformación diversos elementos, pero el más rele­vante en términos de lo social, lo constituye el movimiento por la tole­rancia religiosa, luego de cruentos períodos de persecuciones y de con­frontaciones por la fe, entre los segui­dores de la autoridad del Papa y el protestantismo. Allí se encuentra su acento anglo-escoses, proveniente de los gremios de constructores del Me­dioevo, en cuyas filas participaban hombres de distintas culturas, credos y nacionalidades, que les exigía un ambiente de tolerancia y fraternidad. Del afluente latino-francés proviene la tendencia laicista, que promueve la desvinculación de los clérigos de la cosa pública. Del afluente cultural de la humanidad se recoge el pensa­miento y las prácticas de las escuelas iniciáticas, especialmente de las culturas mediterráneas de la antigüedad, con sus contenidos filosóficos, expla­yados en sus distintas disciplinas. Todo ello en función del perfecciona­miento del hombre, en tanto indivi­dualidad puesta al servicio de la superación social.

Si se pudiera hacer una síntesis global de "lo masónico", tal vez po­dríamos decir que ello consista en una especulación filosófica qué pone acento en: la tolerancia, lo no dog­mático, la libertad social e indivi­dual, ¡a igualdad, la fraternidad hu­mana y el laicismo. No existen ni ob­jetivos de grupo ni intereses más allá de la proyección axiológica en la so­ciedad de los principios enumerados.

CERCANIA GENERICA

Esto es lo que ha aunado a destacados chilenos en más de 150 años en torno a la institución masónica, sobre la base de la pluralidad ideológica, reli­giosa, política y de intereses específi­cos, desde la fundación de las prime­ras logias, que dieron vida a la Gran Logia de Chile, entidad reguladora de todas las logias constituidas en el país y, por lo mismo, su dirección su­perior.

La lucha por las leyes laicas y la participación en la Orden de promi­nentes políticos, profesionales, inte­lectuales, gobernantes, legisladores, miembros de las FFAA, etcétera dieron prestigio e influencia a la francmaso­nería, que se ligó indisolublemente a la cotidianeidad republicana, recono­ciéndosele conducción ética en una serie de aspectos, en muchos de los cuales, por problemas de diversa con­cepción, se produjeron contiendas de influencia y competencia con la Igle­sia Católica, especialmente a princi­pios del siglo XX.

Uno de los hechos que se advier­te en la masonería actual, es que una parte importante de sus componentes, en tanto individuos, muestran una simpatía o cercanía con el socialismo desde una percepción predominante­mente genérica, que no se expresa aún en términos militantes. Segura­mente esto tiene algunas causas que deben auscultarse con dedicación. Probablemente ello tendría relación con ciertas latencias del pasado, o con las propias consecuencias del largo período de división o con la falta de mensajes nítidos en relación con las especificidades masónicas o con la falta de imágenes representacionales. Es una cuestión que debe diagnosti­carse para, en consecuencia, obrar en función de políticas que revaliden una parte vital del socialismo, tanto por lo que el mundo masónico significa en la pluralidad de Chile, como para resguardar un patrimonio de la propia pluralidad del PS.