sábado, 26 de septiembre de 2009

Ovejas o Ciudadanos

Sometidos a una permanente erosión ideológica y cultural por la acción combinada de la televisión, radio y casi todos los medios escritos, muchos chilenos parecen vivir un pesado sopor respecto a sus derechos más elementales y en la más absoluta ignorancia política. No parecen importar la desigualdad creciente entre pobres y ricos, la concentración de la riqueza en pocas manos, el imperio del lucro y el individualismo, el aumento acelerado del desempleo como efecto de la crisis capitalista, la explotación y la discriminación vergonzosa que sufren los pobres en general y sectores como el pueblo mapuche, en especial.

Asistimos a un gigantesco acto de prestidigitación política: los más agudos problemas parecen desvanecerse mediante la parafernalia publicitaria que alienta un loco consumismo y el circo embrutecedor de la política convertida en espectáculo. Es cierto -reconocen todos- que hay sufrimientos y desigualdades profundas, pero esos males no tienen remedio y pueden ser metabolizados por el sistema de manera cínica, concediéndoles espacio en la farándula que convierte la miseria, las carencias y el dolor en banalidades humillantes. El mensaje de los medios es que debemos conformarnos con lo que hay, porque pretender algo más es peligroso, y podría retrotraernos a la crisis de los 70. Todo el aparataje del sistema de dominación quiere convencernos que no hay salida a esta situación, que no es posible una sociedad en que imperen la armonía y la igualdad de derechos y deberes. Se nos ha convertido en un rebaño de ovejas, cuya mansedumbre y conformismo están muy lejos de la concepción del ciudadano participante y activo de una república democrática.

En este clima avanza la campaña electoral. En menos de 150 días tendremos nuevo presidente de la República y nuevo Congreso. El triunfo de la derecha es una posibilidad que se avizora real. Por lo demás, esto ha estado a punto de ocurrir en las dos elecciones presidenciales anteriores, en que tanto Ricardo Lagos como Michelle Bachelet se salvaron raspando en segunda vuelta, sólo por representar el “mal menor”. En la última elección presidencial los candidatos de la derecha, Sebastián Piñera y Joaquín Lavín, acumularon en primera vuelta 3.376.302 votos, en tanto Bachelet consiguió 3.190.691 (y Tomás Hirsch, candidato de humanistas y comunistas, recibió sólo 375.048 votos). En el balotaje Bachelet obtuvo casi 500 mil votos adicionales, provenientes de la Izquierda e independientes, lo que mantuvo a la Concertación en el gobierno por un cuarto período.

Sin embargo, parece que esta vez el factor del “mal menor” no jugará el mismo rol. Tanto por el desgaste de la Concertación -acentuado por la corrupción y el debilitamiento de sus partidos- como por el eclipse de toda diferencia sustantiva entre el bloque de gobierno y la Alianza derechista. La oligarquización de la política, que ha permitido nacer a una casta que comparte privilegios y espacios exclusivos, ha cavado un abismo entre el pueblo y la política. Votar por un candidato de la Concertación o de la Alianza es jugar a una ruleta en que siempre gana la banca.

Desde hace meses, el especulador financiero y dueño de medios de comunicación, Sebastián Piñera, se mantiene a la cabeza de las encuestas, tanto de las serias como de las otras. El escenario político parece ser cada vez más favorable a sus pretensiones, debido a la descomposición de la Concertación y a que decenas de millones de dólares -aportados por las grandes empresas que invierten en influencia política- se gastarán en las elecciones de diciembre. Esos recursos servirán para nublar todavía más la visión de los electores. Por primera vez en más de 50 años, la derecha está en situación de llegar democráticamente al gobierno, controlando lo poco que le queda por manejar. Esto sería, sin duda, peor para los pobres. El posible triunfo de la derecha será también consecuencia de lo que ha hecho la Concertación, que representa un proyecto agotado tras veinte años de gobernar en coyunda con la derecha, salvo en lo relativo a violaciones de los derechos humanos ya que hasta ahora no ha aceptado la impunidad. La superexplotación de la clase trabajadora, en cambio, ha aumentado -en especial durante el gobierno de Ricardo Lagos- a un extremo que envidiaría el más conservador de los gobiernos. Mucha gente cree que con Piñera las cosas no serían muy distintas a como lo serían con Eduardo Frei. Y tienen razón. Así como tampoco lo serían con Marco Enríquez-Ominami. Todos ellos -los candidatos favorecidos por las encuestas- se declaran fervientes partidarios del transversalismo político, que con el eslogan “gobernar con los mejores”, garantiza a cada cual una tajada de la torta fiscal.

Existe, sin embargo, un dilema que a pocos interesa poner al descubierto. O seguimos siendo un rebaño de ovejas que marchan sumisas en la dirección que imponen sus pastores, o nos asumimos de una vez y para siempre como ciudadanos, o sea como personas responsables, críticas y libres, que entienden lo que está pasando en Chile y en el mundo. Dispuestas a actuar para que las cosas cambien y seamos capaces de construir un destino positivo para las mayorías, que proponga metas y proyectos, que trace una gran tarea nacional en que el principio orientador sea el bienestar general y no el lucro, la solidaridad y no el egoísmo, la honestidad y no la sinvergüenzura. Un proyecto en el cual la soberanía esté garantizada por el dominio nacional sobre las riquezas fundamentales, renovables y no renovables, y en el cual el Estado actúe con firmeza en busca de igualdad de oportunidades, educación de calidad, salud digna, viviendas confortables y reales posibilidades de desarrollo humano. Un país en que, como se exigía en los años de lucha contra la dictadura, haya pan, trabajo, justicia y libertad.

Al secuestrarnos la ciudadanía para mantenernos en condición de ovejas, se busca deliberadamente liquidar nuestros sueños. Y favorecer así la supremacía incontrarrestable de los sectores dominantes, de los únicos que tienen posibilidades de soñar y materializar proyectos marcados por el lucro, el desprecio por el medio ambiente y una visión chata del presente, y no por la proyección de futuro.

Los temas realmente importante están ausentes de la campaña presidencial. Ninguno de los candidatos con opción de ser elegido se propone producir la gran transformación de un Chile de temerosas ovejas a un país de valientes y audaces ciudadanos. En esta campaña no hay debate de ideas sino monólogos superpuestos y una que otra pirueta para ganar espacio en la TV. Ni Frei ni Piñera hablan de la concentración de la riqueza, ni del poder asfixiante de las multinacionales. Tampoco lo hace Marco Enríquez-Ominami. Nadie habla de meter en cintura a las AFP que controlan decenas de miles de millones de dólares de los trabajadores. Nadie hace propuestas concretas en materia de educación para terminar con el negocio de los colegios privados y ordenar el sistema de educación superior que perpetúa los privilegios. Ninguno de los candidatos habla del cobre: el tema central de la economía chilena es un tabú que ha durado todos los gobiernos de la Concertación. A lo más se saca a colación para sugerir, como hacen algunos desfachatados, iniciar la privatización de Codelco.

Cada vez es mayor el número de personas, especialmente jóvenes, que se apartan del sistema político. Esto es sumamente peligroso pero tiene explicación. El sistema político, reducido a una participación electoral manipulada, está desprestigiado porque se ideó para conducir un piño de ovejas. Los ciudadanos, en cambio, requieren hacer oír su voz y ejercer su derecho a participar en todos los ámbitos de la vida del país. El sistema político sólo podrá atender esos anhelos mediante una nueva Constitución que proponga al pueblo una Asamblea Constituyente. Para eso hay que juntar fuerzas desde ahora, superando el desaliento y la resignación.

Todavía pesa la dramática derrota de hace casi 40 años. La Izquierda fragmentada no encuentra un camino propio. Una parte de ella ha suscrito un pacto electoral con la Concertación y asume el riesgo -a cambio de conseguir espacio en la Cámara de Diputados- de compartir su derrota. Hay, sin embargo, otras salidas. Es cuestión de buscarlas y reanimar un entusiasmo que no ha muerto. Debemos dejar de ser un rebaño que pastorean políticos sin principios para transformarnos en colectivo. Debemos dejar de ser ovejas para convertirnos en ciudadanos, superando la mediocridad, la arrogancia y la corrupción para integrarnos a las grandes corrientes de cambio que hoy recorren América Latina y que han surgido cuando ya parecía no haber esperanza.

Editorial de “Punto Final”, edición Nº 690

sábado, 10 de febrero de 2007

El nuevo socialismo como proceso continental y mundial

El tránsito a un nuevo socialismo puede tener como primer escenario las fronteras nacionales de un país o grupo de países.


En Cuba, tiene casi medio siglo de vigencia una revolución de orientación socialista, con un modelo de tránsito predominantemente estatista, modificado parcialmente después del inicio del llamado periodo especial.


En los hechos la voluntad de tránsito al socialismo ha ido expresada también con mucha claridad en Venezuela con bastante claridad, acompañada de los primeros pasos en esa dirección.


En ese país hermano es claro un proceso hacia la revolución, que ha modificado significativamente factores del poder temporal y del poder permanente y que inicia ahora una etapa de radicalización de esos cambios, vía reformas constitucionales, nacionalizaciones de áreas estratégicas, conformación de un partido unido o fuerza política de vanguardia, y de otras medidas anunciadas recientemente.


En Ecuador, el nuevo gobierno -montado todavía sobre las viejas instituciones y las antiguos estructuras sociales capitalistas-dependientes y oligárquicas- ha declarado, con mucha firmeza, la decisión de hacer una revolución radical, derrotar el neoliberalismo y emprender el camino del socialismo del siglo XXI.


Su actitud frente al TLC, al FMI, al Banco Mundial., a la cuestión petrolera, a la Base de Manta, al Plan Colombia, a la Constituyente… son señales esperanzadoras en dirección a un proceso de cambios, que a penas se inicia y que ya enfrenta una feroz resistencia oligárquica-imperialista.


El grado de conciencia, organización y popular, expresado en el Ecuador en los últimos años y recientemente, parece ser una garantía para nuevos avances.


En Bolivia, con más tiempo de ejercicio gubernamental, el discurso del nuevo liderazgo no tiene tintes tan radicales.


El viejo aparato estatal boliviano, que actúa como camisa de fuerza, perdura aunque ciertamente amenazado por una red de organizaciones y corrientes políticas- sociales definidamente anti-neoliberales y antiimperialistas.


La Asamblea Constituyente ya instalada, dirigida a cambiar las bases constitucionales del país y el sistema político vigente en dirección una democracia participativa, si bien cuenta con una mayoría progresista y con importantes componentes revolucionarios, exibe significativas limitaciones para dar un salto en la dirección deseada. Todo parece indicar que necesitará de la ayuda de una fuerte presión social extraparlamentaria.


El tema del agua, la reivindicación de la hoja de coca y de los recursos mineros, el trascendente problema del gas, la propiedad latifundista…han sido objeto de importantes embestidas populares, parcialmente asumidas por las acciones de gobierno y desafiadas por una oligarquía cavernícola.


La alianza de Bolivia con Venezuela y Cuba resulta ser muy alentadora, incluyendo lo relativo a la recepción de la cooperación militar ofrecida por Chávez, mientras la proclividad de su gobierno a firmar el TLC con la comunidad económica europea y el envío de tropas a Haití, son evidentemente señales de ambivalencia.


Por otra parte, la victoria sandinista en Nicaragua alienta el viraje a la izquierda del continente, por encima del tono conciliador y la expresa moderación del nuevo gobierno de Daniel Ortega en materia de política interna. Su afiliación al Alba entra en contradicción con la vigencia del TLC, mientras el desplazamiento de la derecha tradicional entregada a Washington, en el nuevo contexto continental, crea mejores condiciones para el protagonismo de las bases populares del FSLN.


Con grados diferentes de intensidad y firmeza, el tono antiimperialista es común en estos cinco casos. Y no solo, sino que mientras en Cuba y Venezuela la definición anticapitalista y pro-socialista presenta hechos incontrovertibles, en Ecuador se adopta como propósito de gobierno y en Bolivia - sin que se manifieste homogéneamente- tiene también expresiones dentro y fuera de lo institucional, aunque evidentemente más débiles. En Nicaragua el FSLN hasta la fecha obvia ese trascendente tema.


El hecho real es que estas realidades, con su altos y moderados desniveles (según las comparaciones posibles), se diferencian de las de Brasil y Uruguay; ni hablar de la existente en Chile, donde las políticas y los modelos neoliberales siguen campantes, y donde gobiernos asumidos por fuerzas autodenominadas de izquierda o centro izquierda, se han convertido en variantes de la derecha en aspectos esenciales de su gestión, salvo en lo relativo a algunas políticas sociales y a algunas posiciones puntales en política exterior.


En Venezuela, Ecuador y Bolivia, más en el primero que en los otros dos, puede hablarse de las posibilidades actuales y reales de revolución, de proyectos de sociedades post-neoliberales y de tránsitos al socialismo. Y esto refuerza la actualidad del socialismo como alternativa al capitalismo, conscientes sí que el proyecto transformador en esos países apenas está en sus albores.


En Cuba la revolución es un hecho desde hace muchos años. El carácter anticapitalista del proceso es factor dominante y lo que está en jueguen la actualidad para las fuerzas revolucionarias allí es el tipo de modelo mas apropiado para crear más socialismo a la luz de este nuevo siglo.


Cuba resistió los efectos demoledores del colapso del “socialismo irreal” y de la desintegración de la URSS, hasta que su revolución empalmó con este nuevo auge revolucionario y con un periodo en el que se plantea con mucha razón la necedad de un socialismo diferente, nuevo del siglo XXI. Y esa confluencia en el tiempo –y a tiempo- le imprime una mayor subjetividad al proceso y eleva la mística continental a favor de los nuevos cambios.


Estamos, pues, ante la posibilidad de nuevos tránsitos al socialismo y ante el anuncio de otros procesos inspirados en ese ideal debidamente renovado.


Esos procesos pueden avanzar más o menos aceleradamente en sus respectivos escenarios nacionales. Pero es claro ya –y esto es muy positivo- que no se está pensado simplemente en el tránsito al socialismo en un solo país, y que por demás entre los países en trance de revolución esta incluida Venezuela con sus grandes potencialidades de desarrollo como nación.


Y es todavía más alentador, que las fronteras bolivarianas y el despliegue de las nuevas transformaciones apuntan en dirección de la liberación de la Patria Grande, dado que de más en más se está pensando en términos continentales, en nuevas independencias, nuevas democracias y nuevos socialismos a escala latinoamericana-caribeña.


Alentador y trascendente porque un soberanía pequeña o mediana, una revolución liberadora, que se sume y articule a otras, darían progresivamente como resultado una soberanía mayor y un tránsito revolucionario con mayores alcances y posibilidades de éxito, con mas potencia emancipadora.


No olvidemos que el capitalismo es un sistema mundial, además de un orden de dominación integral (económica, social, política, militar, ideológica-cultural).


No olvidemos el poder del capital altamente concentrado sobre las fuerzas productivas, el sistema financiero, el mercado mundial, el comercio mundial, las fuerzas armadas regulares, los medios masivos de comunicación, el modo de vida, la naturaleza … a escala planetaria.


Ese poder mundial incluye el poder continental, la estrategia de dominación continental de los EEUU y de otras potencias capitalistas, las fuerzas gubernamentales e instituciones subordinadas y funcionales a ellas, los poderes oligárquicos tutelados por el imperialismo, los sistemas políticos y las estructuras dependientes.


Por eso, el despliegue del tránsito al socialismo y el socialismo en su plenitud, son impensables sin una dimensión internacional, sin avances sostenidos sobre esa dominación mundial. Y esto, en nuestro caso, comienza por lo continental.


Mientras los cambios en marcha trasciendan en mayor grado las fronteras de un país o de un grupo limitado de países, más posibilidades tendrán el tránsito al socialismo y el socialismo como tal, y más profundos y creadores pueden resultar esos procesos emancipadores.


Los límites nacionales le facilitan al imperialismo contenerlos, afectarlos, bloquearlos, estancarlos 


… Por ejemplo, Cuba aislada como estaba, solo tenía posibilidades de sobrevivir con escasos avances y significativos retrocesos. Ahora, con lo que pasa en Suramérica y en Nicaragua, tiene mayores posibilidades de crecer, crear y desarrollar más socialismo …


Igual es para Nicaragua, comparándola con la Nicaragua post-derrumbe de la URSS, esto sin obviar la necesidad de no incurrir en los errores del pasado y en la cultura de la maniobra convertida en forma de conciliación con el capitalismo.


De ahí lo lamentable del curso de la política gubernamental de Lula y el PT brasileño y de su conversión en una especie de administrador (más eficaz por tratarse de una fuerza y un liderazgo de origen popular), del modelo neoliberal, limitándose en lo interno a limar sus aristas más hirientes, distribuyendo mejor algunos excedentes, pero garantizándole al gran capital transnacional y a la gran burguesía paulista (de Sao Paulo) las mayores ganancias de los últimos tiempos.


Lamentable, porque un viraje de Brasil hacia un modelo de democracia participativa, hacia un curso post-neoliberal de orientación socialista (y el PT tenía una buena social para hacerlo), tendría un impacto todavía mayor que lo acontecido en Venezuela. Porque solo el viraje de Brasil equivale aceleraría extraordinariamente el viraje continental. Y el viraje de Brasil junto a Venezuela desataría una marea incontenible.


Lula tuvo la posibilidad de convertirse en un gran líder del nuevo socialismo continental y mundial. El ejemplo de Chávez lo confirma con creces Y esto hubiera acelerado todas las transiciones en marcha y potenciales.


Solo los positivos efectos de su limitada resistencia al ALCA indican lo que significaría romper las ataduras respecto al capitalismo actual y a la democracia liberal.


Uruguay no pesa tanto ni materialmente ni geográficamente, pero no sería nada despreciable que hubiera desistido del trillo que la está conduciendo a imitar con creces los pasos de Lula y del PT. El impacto en el Cono Sur de un Uruguay leal a los postulados iniciales del Frente Amplio y sintonizado con la Venezuela de Chávez hubiera sido formidable.


El tránsito al socialismo –como hemos subrayado en otros trabajos- implica transformaciones de largo aliento, que solo restándole progresiva e ininterrumpidamente fuerzas productivas, espacios territoriales, mercados, instituciones, empresas, poder político, reservas naturales y científicas, y poderío militar al capitalismo y al imperialismo actual, podría completar, garantizando y llevar a feliz término hasta lograr la extinción de los Estados como medios de coerción.


Y esa no es meta alcanzable desde un país o grupo de países, sino desde un proceso continental y mundial, repleto de latinoamericanismo, antillanismo e internacionalismo revolucionario. Nada uniforme. Suma de diversidades, variedades y múltiples actores de las transformaciones.


Continental como suma articulada y cooperante de las multirraciales naciones caribeñas-latinoamericanas.


Mundial como producto de la victoria planetaria del trabajo sobre el capital racista, xenófobo, machista, adulto-céntrico y ecocida; como sistema integrado de transiciones socialistas variadas hacia la socialización plena.


Y es esa dimensión internacional del tránsito revolucionario al socialismo, lo único que posibilitaría el proceso de extinción de los aparatos estatales, la autogestión en todas las vertientes, la asociación libre de seres humanos libres, y la plenitud del socialismo camino al comunismo, como máxima expresión del no poder y la no dominación de uno seres humanos sobre otros.


La existencia de otros Estados bajo control capitalista, de corporaciones transnacionales, de ejércitos transnacionales, de guerras de conquista, de monopolios, oligopolios y mercados bajo su dominio, impide el despliegue del socialismo en toda su extensión y profundidad, y afecta la velocidad y profundidad de los procesos de tránsito hacia él.


De ahí el valor del nuevo internacionalismo como contrapartida de la globalización capitalista, la importancia de la unidad de las fuerzas del cambio en el contexto de una estrategia de ruptura y creación de todos los actores comprometidos con los valores de la nueva democracia y del nuevo socialismo.

sábado, 6 de enero de 2007

El simbolismo como método de trabajo



La masonería es una forma de expresar la realidad, pero al mismo tiempo la realidad misma en su forma física y espiritual. El idioma en el que hablan los masones son símbolos. Los símbolos se pueden encontrar en el interior de la logia, la organización del trabajo en diversos grados de iniciación, ceremonias y toda la disposición de la vida masónica. Provienen de las tradiciones de los constructores de catedrales: gremios de canteros y cultos de misterio. simbolismo de la masonería.

El campo más extenso del simbolismo masónico son los rituales contenidos en los rituales. Toda la filosofía masónica, la forma de ver la realidad, los valores y los métodos de mejora moral y espiritual se manifiestan en ellos.

 

“La democracia es hija de la Masonería y debemos reconocerla como nuestra. A nosotros nos corresponde educar a esa niña en la sabiduría, la fortaleza y la belleza.”

Edouard Emil Eckert”

El Símbolo como lenguaje de la masonería distingue esta relación de todas las otras organizaciones fundadas en la idea del humanitarismo y los valores universales. Es un método que se refiere a la imaginación y la intuición, a lo no marcado y no totalmente realizado . Apela no solo a la razón, sino sobre todo a la supervivencia.

La esencia del símbolo en la masonería se puede reducir a cuatro funciones básicas: educativo (portador de la filosofía de la masonería), integración (el lenguaje común de los masones de todo el mundo), motivacional (tocando la esfera psíquica y espiritual, el símbolo motiva fuertemente a cambiar el comportamiento y las formas de comportamiento) y estético (portador de belleza, estimulando la experiencia individual o colectiva de ciertos contenidos y fenómenos).

La sinergia de todas estas funciones durante los trabajos de la logia hace que el símbolo se traduzca y permite asimilar ideas de manera mucho más efectiva que cualquier teoría o ciencia.

Ideas e ideales

El ideal de todos los masones es la búsqueda de la justicia y la verdad, entendida como la búsqueda de una mejor forma de autoconocimiento y autocomprensión. La base del trabajo de la masonería es el desarrollo continuo y la superación personal . Tal forma de construir un mundo mejor y más justo es la elección de todos los masones. No trata de imponer o forzar nada a nadie, sino a través de su propio ejemplo y actitud para motivar a otros a reflexionar y actuar. Las ideas masónicas se exploran en la logia para que puedan implementarse más tarde. Mason se esfuerza por mantener el equilibrio, cuidando la moderación y la moderación. Es prosocial, sensible a las necesidades de los demás, pero ayuda a evitar la ostentación o el aplauso. Intenta ser discreto en la acción, discreto en las palabras.

El mason, como todo hombre, también tiene defectos, tiene debilidades, a veces sufre emociones. Pero él está constantemente trabajando en sí mismo, imponiéndose grandes exigencias a sí mismo. Es por eso que el trabajo masónico sobre la superación personal no es fácil.

La expresión simbólica de este esfuerzo es la piedra que todos los masones y todos los masones perseverarán, basándose en la inspiración de otras hermanas y hermanos. Recuerdos

La masonería hoy

A menudo se pregunta si la masonería todavía tiene significado y un mensaje hoy en día. El surgimiento de la masonería moderna se remonta a principios del siglo XVIII. Las consignas proclamadas en ese momento, los ideales de libertad, igualdad y hermandad, y la oposición al dogma sonaban muy revolucionarios. ¿Pero el pensamiento de la Ilustración no parece demasiado arcaico en la actualidad?

La base de las ideas masónicas es el autoconocimiento, la superación personal y el amor al prójimo . Sin embargo, ningún sistema sociopolítico, ni siquiera la democracia, garantiza la independencia interna, una actitud abierta, libre de intolerancia, fobias, miedos y prejuicios. Incluso cuando la igualdad y la libertad de conciencia están legalmente sancionadas, un desafío especial es la preocupación por la verdadera apertura, independencia de opinión, tolerancia hacia diferentes razas, culturas y nacionalidades.

La próxima era del individualismo es un impulso significativo para revivir tanto los conceptos clásicos como el florecimiento exuberante de nuevas propuestas para el desarrollo espiritual. Mirando a través de las ofertas de desarrollo individual dirigidas al hombre moderno, uno puede tener la impresión de que sus necesidades de desarrollo espiritual, superación personal, pueden satisfacerse mediante diversos tipos de cursos, capacitaciones, talleres e ideas pro-sociales que tienen la oportunidad de materializarse en fundaciones o asociaciones.

Sin embargo, mejorar en el albergue tiene una calidad diferente y una dimensión diferente. La masonería es principalmente una unión de iniciación cuyos métodos de trabajo se basan en los principios de la filosofía y el simbolismo. Un elemento importante en el trabajo masónico es el ritual. La integración de búsquedas intelectuales y espirituales puede crear una oferta única para personas que no necesitan apoyo en dogmas y verdades absolutas, y que pueden buscar relaciones filosóficas, simbólicas, esotéricas más profundas entre la materia y el espíritu, entre el individuo y la comunidad, entre el microcosmos y el macrocosmos, entre lo universal y lo individual.